Casadas a los doce años

Después de muchos años atrapada en un matrimonio forzado y abusivo, Fraidy Reiss se enfrentó a una de las peores elecciones a la que puede someterse alguien: por un lado, quedarse con el único mundo que ella había conocido, el de su comunidad judía ultraortodoxa en Brooklyn, y con su familia, a la que adoraba; por otro, «mi libertad y mi seguridad. Elegí lo segundo. Nunca me arrepentí». Reiss, de 42 años, habla por teléfono con ABC desde New Jersey, donde ahora se dedica en cuerpo y alma a «Unchained at Last» una organización de apoyo a las personas -casi en su totalidad mujeres- que viven experiencias trágicas similares a la suya. «Siempre digo que lo que hago es, en cierta manera, egoísta, porque me da muchas cosas», asegura sobre su trabajo. «Para mí es terapéutico ayudar a otras mujeres que están en la misma situación que yo sufrí. Yo no tenía a nadie a quien acudir y sé el terror que se siente cuando piensas en el futuro y te dices ‘es imposible que yo salga de esto por mí misma’». Un hombre violento En muchas ocasiones, los matrimonios forzados tienen como víctimas a menores. No fue su caso, por poco. Reiss se casó a los 19 años con un hombre al que apenas conocía. Oponerse al enlace no era una opción, ni siquiera un plan que se le pasó por la cabeza. En la comunidad ultraortodoxa donde creció, las mujeres apenas tienen voz sobre su vida de pareja y los casamientos arreglados son la normalidad. Reiss recuerda que su boda fue un momento de alegría, de gozo familiar, casi infantil. Su marido no tardó en demostrarse como un hombre violento. Solo una semana después de su enlace, un enfado de su esposo sentó cómo sería el resto de su vida matrimonial. La gritó, la insultó y abrió un boquete en la pared de un puñetazo porque se había quedado dormido antes de ir al trabajo. Más tarde todo empeoró. «Me llegó a explicar con detalle cómo me iba a matar», explica. Salir de un infierno de malos tratos es difícil para cualquier mujer. En una comunidad como la suya, fue una odisea. La primera vez que denunció el caso ante los líderes de su comunidad, la respuesta fue que su marido era «un buen hombre» al que el temperamento le jugaba malas pasadas. Por fin, tras quince años de matrimonio, consiguió el divorcio y se marchó con sus dos hijas. Hace cinco años, mientras hacía malabarismos para conjugar dos trabajos y la educación de sus hijas, mientras descubría quién era Bruce Springsteen o qué es un McDonald’s, fundó Unchained at Last. Lo que pretendía convertirse en una pequeña herramienta de apoyo para un puñado de mujeres al año, se ha convertido en una organización que opera en varias ciudades de EE.UU. Reiss se dedica a ello a tiempo completo, ha contratado una empleada y han abierto una oficina para atender a los cientos de mujeres que acuden a ella cada año. De su experiencia en esta organización, asegura que el matrimonio forzado no es algo relacionado a religiones, culturas o niveles socioeconómicos específicos. «Nuestras clientes provienen de todas las grandes religiones, de todos los grupos étnicos, comunidades y tipos de familias que te puedas imaginas», dice y reconoce que en muchas ocasiones la gente se sorprende al saber que ella, de raza blanca, ha sido objeto de un matrimonio forzado. «Pasa en todos lados», insiste Reiss. Desde las limitaciones de su trabajo heroico, sin apenas medios, contra este fenómeno, Reiss no tiene datos concluyentes sobre la presencia de este fenómeno. Apunta a un estudio del Tahirih Justice Center de Baltimore, que contabilizó cerca de 3.000 casos de matrimonio forzado en EE.UU. entre 2009 y 2011. Tres niñas de 12 años «Es la punta del iceberg», dice sin dudar Reiss, para quien uno de sus caballos de batalla es el matrimonio en menores de edad. «No todos los enlaces en los que está envuelto un menor son forzados», reconoce, pero son un caldo de cultivo para los abusos en la celebración de matrimonios. Reiss enumera cuatro razones para forzar el matrimonio de menores: cumplir una tradición, ya sea cultural o religiosa, como fue en su caso (aunque ella no era menor, por poco más de un año); usar el matrimonio para controlar el comportamiento de los hijos: cuándo tienen relaciones sexuales, con quién se emparejan, silenciar una inclinación homosexual o reaccionar a un embarazo; por dinero o estatus social, que se consigue con un matrimonio arreglado con una familia importante; o, últimamente, para conseguir la regularización de un inmigrante. En base a los registros en los juzgados, cerca de un cuarto de millón de menores se han casado en EE.UU. entre 2000 y 2010. Hay casos extremos, como tres niñas unidas en matrimonio cuando solo tenían doce años, sin que las autoridades lo impidieran. La legislación de la mayoría de los estados de EE.UU. impone los 18 años como la edad mínima para casarse. Sin embargo, casi todos ellos también tienen excepciones a ese límite, normalmente con el consentimiento paterno y la autorización judicial. «Unchained at Last» da cobertura legal y apoyo económico y terapéutico a las víctimas que tienen el coraje de escapar de un matrimonio no deseado. Una vida que Reiss dejó atrás hace mucho, pero de la que siempre guardará cicatrices. «Para mi familia yo estoy muerta», confiesa. «Echo de menos a mis hermanas, me cuesta no tener una madre. Pero nunca he mirado atrás».
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