De la república a la reliquia

El viernes se cumplieron seis meses de la proclamación de la república catalana, y seis meses y un día de la decisión del entonces presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, de admitir su derrota y convocar elecciones autonómicas para no complicarse más la vida ni complicársela a Cataluña. Dos aniversarios seguidos. También el viernes, Eduard Pujol, una de las personas de más confianza del expresidente fugado, admitió que formarán un gobierno autonómico. El independentismo, con su muy meritoria capacidad para los golpes de efecto y la propaganda, y la inestimable cooperación de tres jueces alemanes, ha conseguido mantener un cierto estado de ánimo. Pero los seis meses que desde el golpe de octubre han transcurrido son la crónica de una república proclamada entre Twitter y una histérica, sin ninguna estructura preparada y con unos líderes que dejaron claro su compromiso con lo que acababan de hacer marchándose acto seguido de fin de semana. Entre la proclamación y la aplicación del artículo 155 pasaron seis horas y fue la república más breve de la Historia. Entre que por primera vez el Gobierno convocara elecciones autonómicas en Cataluña y que los partidos que venían de proclamar la república aceptaran presentarse, no pasó ni el fin de semana. Es cierto que ningún país del mundo reconoció la independencia de Cataluña. Ninguno. Ni siquiera la propia y ficticia república catalana. A los seis meses exactos de la fallida proclamación, los rebeldes han aceptado en público lo que en privado nunca han dejado de saber: que Cataluña no ha dejado de ser en ningún momento una autonomía española y que la rebeldía, en lugar de acercarla a la independencia, la ha alejado de su autogobierno. El viernes se cumplieron seis meses desde la fallida declaración de la independencia, y seis meses y un día entre la decisión de Puigdemont de convocar elecciones y la decisión de formar por fin un gobierno autonómico. La diferencia entre aquellos dos días de octubre no sólo no supuso ningún logro sino que sólo ha provocado cárcel, destierro y una infinita pérdida de tiempo y de dinero. La convivencia se ha deteriorado. Nada de lo que ha pasado en estos seis meses hacía ninguna falta ni le ha servido al independentismo para avanzar a ninguna parte. Todo lo contrario. Si ni Junts per Catalunya ni Esquerra quieren unas nuevas elecciones es porque no tienen a ningún candidato claro ni mucho menos un proyecto creíble con el que convencer a sus hipotéticos votantes. Lo último que prometió Puigdemont a los independentistas es que «por ser vuestro presidente merece la pena el riesgo de regresar a España», lo que se ha convertido en la promesa electoral más claramente incumplida de la política catalana. Esquerra recuerda cómo el PNV abandonó a Ibarretxe y recuperó su espacio en la centralidad de la política vasca pero tiene miedo de que Junts per Catalunya se entere y lo use para acusarlos de traidores ante sus votantes, y no se atreve ni a establecer puentes de diálogo con el partido de Andoni Ortuzar. El PDECat de Marta Pascal, que tiene franca y fluida la interlocución con Ortuzar, no tiene vocación de nada más que de sobrevivir y el mismo miedo que Esquerra a sus votantes. Junts per Catalunya con una mano presumen de íntegros y de legitimistas, y han alargado hasta aquí. la comedia del «nostre president». Con la otra mano cuentan los cargos y se reparten el Govern, en especial las direcciones generales con más dinero para subvencionar a medios de comunicación. Pero el movimiento definitivo de esta partida, y que va a constituir la más minuciosa metáfora del proceso independentista, será Elsa Artadi convertida en la primera presidenta de la Generalitat y de qué modo seco, letal y desalmado abandonará a Puigdemont, que todo se lo ha dado -y todo significa todo-, demostrándose mucho más eficaz que cualquier estrategia de España para rebajarlo para siempre a reliquia, belga o alemana, según la decisión que tomen los tres jueces regionales.
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