Wednesday , 18 July 2018

Diego Martínez Torrón: «Como poeta he defendido siempre una visión idealista de la vida»

Diego Martínez Torrón acaba de publicar «El signo infinito. Relatos completos (1998-2006)» (Ediciones Alfar). Se trata del testamento narrativo de este escritor y catedrático de Literatura de la Universidad de Córdoba. ¿Cómo definiría «El signo infinito»? Es mi testimonio vital, el reflejo de toda una época vivida, a través de los diversos personajes. Si bien la mayor parte de las historias y momentos que allí se relatan son fruto de la observación o de lo que otras personas me han relatado. Si con mi «Al amor de Ella. Poesía completa (1974-2014)» (Sevilla, Alfar, 2016) cerré mi ciclo poético, al desaparecer mi mujer, que era mi inspiración, con este libro cierro también mi ciclo narrativo. Y agradezco a Luis Oliva y Ediciones Alfar que han apoyado siempre mi obra, y hasta me dejan hacer las portadas de mis libros con ellos. El elemento poético, el idealismo y la fantasía están presentes en muchas de las historias, ¿no? Efectivamente mi prosa es prosa de poeta, al que le resulta mucho más fácil y atractivo escribir relatos breves, con un estilo lírico e intenso, que largas novelas. Ojalá que así resulte un estilo más moderno, actual y directo. Como poeta yo he defendido siempre una visión idealista de la vida. En este libro, además, se incluyen relatos de mi primera época, de 1998, que juegan irónicamente con la fantasía, también a veces con cierta dosis trágica que identifica a la vida de los desposeídos. Y por ejemplo aquí se encuentra también un largo relato sobre la Dama de Amboto vasca, leyenda en la que indagué durante una inolvidable estancia, recién casado, al pie del monte Gorbea, y que recreo de una manera personal. Su poesía tiende a la sencillez en las formas. ¿Se podría decir lo mismo de sus cuentos? Desde luego que sí en los primeros relatos que aquí se contienen, sobre todo los de «Los sueños del búho». Estos son textos muy breves que buscan la sugerencia, el trazo difuminado que permita disfrutar estéticamente al lector o lectora —siempre digo que busco más a las lectoras—, y despertar sus propias conclusiones acerca de lo sugerido. Sugerencias que van de lo irónico a lo trágico. Pero en los siguientes relatos, ya desde «Los dioses de la Noche», mi prosa quizás, sin olvidar el tono lírico que impregna a toda, posee una mayor dosis de profundidad, en la que se comunican ideas densas, de herencia romántica, pero siempre de modo asequible y directo. Quiero aportar una visión que sea compartida y comprendida fácilmente por un lector o lectora. Usted es un gran experto en la literatura romántica y en clásicos como Cervantes. ¿Influye su labor como filólogo a la hora de crear sus historias? Cervantes es un escritor inimitable. Como también Valle-Inclán, de quien acabo de editar hace un mes la primera edición anotada de su «El ruedo ibérico» en Editorial Cátedra, número 772 de la colección Letras Hispánicas. Y a quien dediqué un libro heterodoxo y especial, «Valle-Inclán y su leyenda». Al hilo de «El ruedo ibérico» (Granada, Comares, 2015 (Interlingua, 142), con interpretaciones novedosas. En su obra mencionada Valle relata el ideal de la revolución, que contrasta con la mezquindad humana que también la rodea. Cervantes y Valle son dos grandes genios perfectamente comparables entre sí, pero que no se pueden imitar de ninguna manera. Y sin embargo ambos me han influido: por su idealismo incomparable, que Cervantes hace chocar inteligentemente con la realidad. Dos formas de contraste entre idealismo y realidad. ¿Qué es lo más característico de sus libros de relatos? «Los sueños del búho» (1998), prologado por Pere Gimferrer, está constituido por un conjunto de relatos breves y líricos, fruto de mi observación de la vida, y en la línea de lo que en mi poesía llamé «estética de la sencillez», con textos algunos divertidos y otros trágicos. «Los dioses de la Noche» (2004) ya contiene otro estilo, más próximo al idealismo romántico. Aparte de «El fantasma ensimismado», donde trato sobre la Dama de Amboto, contiene un relato titulado «La marquesa y el poder» sobre una dama afrancesada vitorina, la marquesa de Montehermoso, que fue amante de José Bonaparte y personaje importante en la invasión francesa de 1808, aunque hasta entonces nadie la había estudiado: allí imagino un diario donde este personaje revela las pautas históricas del momento que vivió. «Éxito» (2013), que contiene un hermoso prólogo de José María Merino, ya es una novela, una obra compleja que me costó casi ocho años escribir. Aborda la crisis económica y cultural actual a través de las cartas que se cruzan un grupo de amigos y amigas artistas, con muchas ideas que creo profundas, pero expresadas siempre de modo transparente. Un texto inédito «Pispa y la ciudad dormida», inédito que cierra el libro, refleja su amor por su perra Golden. ¿Por qué le hizo este hermoso homenaje? Este librito es un canto a la fraterna amistad de mi perra Golden, un hermoso y sensitivo animal que me regalaron mis hijas cuando falleció mi mujer, y que es mi actual y platónica compañera. Podemos aprender mucho de los buenos animales, de su comportamiento ante la vida y la muerte. Y de su necesidad de recibir afecto y dar afecto. De sus sentimientos. Es un librito que apreciarán quienes amen a los animales. Hábleme de su relación con otros artistas destacados de su generación como Ouka Leele, con la que ha colaborado en varias ocasiones. Guardo muy gratos recuerdos de mi relación con importantes amigos escritores con quienes compartí en Madrid momentos de juventud. Ese Madrid estaba lleno de vida, de inquietudes, de amor al arte. Muchos de esos escritores definen hoy el panorama de mi generación, la de los 70. Y luego la amistad esporádica con personajes tan peculiares e interesantes como Juan Benet por ejemplo. El caso de Bárbara Allende, Ouka Leele, es muy especial, porque fue y es muy buena amiga desde mi juventud, una persona llena de imaginación y capacidad sensitiva, cuyas fotos y dibujos han ilustrado generosamente mis libros. Usted suele estar incluido en la generación de los 70. ¿Qué elementos en común habría entre dicha generación y su obra? Tengo un gran respeto por mis compañeros de esa generación, pero la verdad es que es cierto que tanto mi obra poética como narrativa no guardan parentesco con sus modos estéticos. Salvo la complicidad de quien viaja, en mi caso oculto durante mucho tiempo, en el mismo barco, que es el mismo momento de nuestra historia cultural, tan rica y apasionante.
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