El arte de saber decir adiós

El siquiatra, sicoterapeuta y escritor Argentino Jorge Bucay escribió en su libro “El camino de las lágrimas: “Perdemos no solo a través de la muerte sino también siendo abandonados, cambiando, siguiendo adelante.  Nuestras pérdidas incluyen también las renuncias conscientes o inconscientes de nuestros sueños románticos, la cancelación de nuestras esperanzas irrealizables, nuestras ilusiones de libertad, de poder y de seguridad, así como la pérdida de nuestra juventud, aquella irreverente individualidad que se creía para siempre ajena a las arrugas, invulnerable e inmortal”

Cuando perdemos a un ser querido, algunas personas, por diversas razones, nos podemos sentir momentáneamente desestabilizadas.  Y entonces necesitamos que nos escuchen, que nos apoyen en esta dura prueba, que nos guíen por este nuevo camino sin esa persona que aún significa tanto para nosotros.

En nuestra sociedad de apariencias, el dolor producido por una pérdida es frecuentemente ignorado, reprimido.  Cuando alguien cercano a nosotros fallece, aparentemente debemos olvidarlo y no hablar mas de él, para no sentir el dolor que nos produce su recuerdo, hay que olvidar y pasar a la siguiente página, “la vida continúa” nos decimos a nosotros mismos.  Pero esta tendencia no hace mas que complicar y alargar el proceso de duelo.  Hay que cortar los lazos con la persona que ya no volverá o con aquello que ya no será igual nunca más, hay que integrar esta pérdida en nosotros, pero para eso se necesita tiempo y apoyo físico y afectivo.  Para disminuir la pena hay que expresarla, hay que dejarla salir.  Y aquellos que rodeamos a la persona en duelo debemos ofrecer comprensión y aceptación, escuchar y tranquilizar a la persona.

Y qué decir de las rupturas amorosas, de las separaciones, del exilio, del desplazamiento, que hay de todo lo que dejamos atrás cuando decidimos emigrar, nuestra familia, nuestros amigos, amistades que no volverán a ser nunca igual que antes.  Todos estos son eventos dolorosos frente a los cuales, de la misma manera que frente al duelo, necesitamos un camino para reconstruirnos, para reinventarnos.

Yo soy Sandra Londoño, Trabajadora Social, Mediadora Familiar, Coach Parental y Asistente de crisis post-traumáticas.  A través de mi vida personal he vivido muchas rupturas, separaciones, abandonos y duelos y cada uno de ellos, los he afrontado de manera distinta y de cada uno he aprendido algo.  En mi carrera profesional he visto también muchísimas personas vivir separaciones dolorosas, divorcios tormentosos, he visto a padres perder a sus hijos, he visto gente perder a sus seres queridos.  Y bien, entre ustedes y yo hay algo muy especial en común, todos hemos vivido el duelo de la migración.  No importa el motivo por el cual salimos de nuestros países de origen, o el tipo de inmigración que hemos realizado, todos hemos abandonado algo o alguien en nuestro país.  Todos hemos tenido que renunciar a algo.

Para muchos, la palabra duelo esta asociada solamente con la muerte.  La palabra “duelo” viene del latín “duellum” que significa combate o guerra. El duelo sicológico es un proceso que tiene lugar tras una pérdida irreparable y que conduce a la necesidad de adaptación a una nueva situación.  Muchas situaciones en nuestra vida pueden ser causantes de duelo: la pérdida de un trabajo donde debes dejar tu rutina, tus amistades, tu modo de vida; una enfermedad que se padezca que te hace perder peso, energía, el cabello, las uñas o talvez partes mas vitales de tu cuerpo; la separación de familias por causa de viajes, despedidas, divorcios; la ruptura amorosa, perder tu pareja, mismo si eres tú quien decidió terminar con la relación, tu también tienes un duelo que vivir; el cambio de domicilio o de colegio que nos obligan a hacer nuevas amistades, adoptar un nuevo supermercado, adaptarse a nuevos vecinos, hacerse amigos nuevos en el colegio, adaptarse a nuevos profesores;  una súbita transformación física, aumento o disminución de peso, un accidente que nos deje una discapacidad física; una crisis económica que nos obliga a cambiar nuestras prioridades de lugar; la muerte o la partida de una mascota, porque ya está muy enferma, muy vieja, o porque simplemente no tienes el tiempo de ocuparte de ella o el espacio para su comodidad.

« Nadie es inmune a la pérdida, el duelo es algo que todos vamos a sufrir alguna vez: perder a un familiar, romper una relación afectiva o el simple hecho de madurar, supone atravesar diferentes niveles de duelo. » Valeria Sabater, sicóloga y escritora

¿Por qué las pérdidas nos desestabilizan? Porque no nos las esperamos.  Generalmente sufrimos la pérdida de algo que creíamos seguro, nuestro, ganado y garantizado para siempre.

¿Por qué es difícil enfrentar un duelo? Porque no estamos preparados para sufrir, asociamos el sufrimiento con algo negativo, lo rechazamos, lo evitamos… Si, desde pequeños cuando nos caemos y nos golpeamos lloramos y nuestra madre protectora nos consuela y nos dice, no llores, no es nada, hace todo lo necesario para calmar nuestro dolor y lamenta no haber podido evitarnos ese golpe.  En lugar de verlo como un aprendizaje o como enseña la filosofía budista: ver el dolor como vehículo de conciencia!!! Y cual es la herramienta que nos sirve para ver el dolor de esta manera? El desapego.   Cada uno debe aprender a encontrar su manera de hacerle frente al duelo, al dolor, al sufrimiento; la fórmula mágica está dentro de cada uno de nosotros.

Las diferentes formas o manifestaciones que puede tomar el duelo se reúnen en cuatro grandes grupos:

  1. Las sensaciones físicas
  2. Las manifestaciones cognitivas
  3. Los sentimientos
  4. Los comportamientos

 

  1. Las sensaciones físicas que pueden variar según la edad, la constitución, el estado de salud, la cultura y sobretodo las circunstancias en las que se presenta el duelo. Algunas de estas reacciones desaparecen rápidamente, mientras que otras pueden durar mucho tiempo hasta desaparecer gradualmente.  El dolor de cabeza hasta desarrollar una migraña es muy común en estos casos pues la persona en duelo no para de pensar en su ser querido y de buscar de manera razonable una explicación a su partida.  Otras reacciones fisiológicas pueden ser: resequedad de la garganta, dificultad para tragar que trae como consecuencia la pérdida de apetito, presión en el pecho o en la garganta, dolores gástricos o sensación de vacío en el estómago, escalofríos o tensiones en todo el cuerpo.   También pueden sentir sofoco, sudar mas de lo acostumbrado o por el contrario frio extremo, nauseas, vomito, palpitaciones fuertes, temblores y hasta dificultades de visión.

 

Después del periodo de choque, las personas pueden sentir también una alteración del sentido del gusto, perder el apetito, presentar problemas digestivos, acidez, diarrea o, por el contrario: constipación.  Los dolores de cabeza pueden persistir y aparecer también dolores musculares y de articulaciones, debilidad en general, pérdida de energía, hipersensibilidad al ruido, tensión o debilidad en los músculos, hipertensión.  Finalmente, las hormonas también se pueden ver afectadas y perturbar el ciclo menstrual de las mujeres y aumentar o disminuir el apetito sexual.

 

Todas estas reacciones son importantes de tener en cuenta siempre y cuando tomemos consciencia que hay manifestaciones propias del duelo y otras que pertenecen directamente al estado de salud de la persona en duelo.  Seguramente te has dado cuenta que tu médico siempre pregunta si ha sucedido algo especial, grave o inesperado en tu vida.  Es importante hacerle saber tu pérdida para que pueda vigilar de cerca tu estado de salud.

  1. Las manifestaciones cognitivas: la mente nos acosa en periodo de duelo, pensamos que lo que estamos viviendo no es real, no podemos creerlo, aplazamos la realidad para después. Este es el estado de choque, que resulta de la confrontación del doliente a la realidad de la pérdida.  Hay circunstancias particulares que aumentan la incredulidad.  Por ejemplo, cuando no podemos ver la persona después de fallecida, cuando el cuerpo no aparece o cuando vivimos lejos y no podemos participar de las celebraciones fúnebres.  La confusión, falta de concentración, pérdida de la memoria y desorientación en el espacio y el tiempo.  Hay quienes experimentan una sensación de torpeza mental y emotiva, personas distraídas o que aparentemente no sienten nada frente a la pérdida.  Por otro lado, las personas que están plenamente conscientes de la pérdida pueden crear expectativas frente a la persona que partió, sentir una profunda necesidad de hablarle, de permanecer en contacto con ella de alguna manera, de sentir su presencia.  Las alucinaciones resultan de ese deseo de sentir presente al ausente, ver imágenes y escuchar sonidos que no son reales puede ser normal en las primeras semanas.  El aislamiento, para aquellas personas que compartían su diario vivir con la persona ahora ausente.  Esta persona representaba su estímulo diario entonces para el superviviente resulta difícil compaginar con otra persona de la misma manera y esto hace que se encuentre sola y aislada.
  2. Los sentimientos: El dolor o la pena cuya intensidad resulta de la naturaleza del lazo establecido con la persona ausente, de las circunstancias de la pérdida, la personalidad del doliente y finalmente de las costumbres propias a su cultura.

El enojo o la rebeldía, un sentimiento profundo de injusticia, una necesidad de encontrar culpables de lo sucedido.  Es el resultado de una gran frustración de no haber tenido la capacidad de evitarlo.

La ansiedad y la angustia.  La angustia en el proceso de duelo es un sentimiento de inseguridad, un malestar profundo causado por la impresión de una amenaza difusa frente a la cual el doliente se siente desarmado e impotente.

La culpabilidad, es ese sentimiento que aflora todos los “si”, si yo hubiera, si yo no hubiera, si él hubiera, si ella…  Los “hubiera” en realidad no existen, pero en periodo de duelo toman toda su fuerza porque los evocamos todos, uno tras otro, tratando de encontrar una explicación a lo sucedido.

El resentimiento, que puede ser natural y válido cuando se dirige a la persona realmente responsable de la muerte de nuestro ser querido.  Sin embargo, cuando se dirige al desaparecido carece de justificación.  A veces culpabilizamos al ausente de haber enfermado o de haber partido.

La inseguridad y el sentimiento de incompetencia.  El doliente puede sentirse desvalido sin el desaparecido y creer que ahora todo es imposible sin él.

El alivio, sí, es posible sentir alivio después de la partida de un ser querido que sufría enormemente y desde un tiempo prolongado.  También se puede sentir este alivio cuando la persona que muere representaba un verdugo en la vida del doliente.

Sentimientos ambivalentes: el amor vs el resentimiento, el dolor vs el alivio, la privación vs la liberación, la inseguridad afectiva vs la confianza financiera, la acusación vs la auto-acusación, la necesidad de depender del otro vs el sentimiento de emancipación, el enojo hacia el difunto y la censura del mismo.

  1. Los comportamientos:

El llanto, las lagrimas contribuyen a sanar el stress emotivo.  Esta es una reacción normal y no es aconsejable reprimirla.  Sin embargo, la cantidad de llanto no determina el dolor que sienta cada doliente.

El suspiro, se manifiesta frecuentemente y ayuda no solamente a restablecer el ritmo respiratorio sino también a expresar abiertamente las emociones.

La perturbación del sueño, cambio de horario, dificultad para conciliar el sueño, despertares abruptos.  Todas estas perturbaciones de nuestro sueño son el resultado de una fatiga extrema, de la ansiedad, la tensión, los cambios en la alimentación y en nuestra rutina.

Las pesadillas y los sueños llegan con frecuencia, el desaparecido aparece en ellas o algunos símbolos o imágenes que nos hacen pensar en él.  Estos sueños pueden ayudar al doliente a avanzar en su trabajo de duelo.

Los hábitos alimenticios, el doliente pierde el apetito y comer ya no le produce ningún placer.  Es normal los primeros días, y por esto no debemos forzar el sistema digestivo a consumir alimentos pesados.  Sin embargo, esta reacción no debe durar mucho tiempo pues existe el riesgo de desórdenes alimenticios graves como la bulimia o la anorexia.

La funcionalidad automática, el doliente se deja llevar por los hechos sin poder escoger, reflexionar o decidir y se desempeña en sus tareas cotidianas como un robot.

La distracción, los olvidos, las faltas, las ausencias a citas, a clases o al trabajo mismo.

La búsqueda del desaparecido, el doliente busca al ausente en los objetos, en los espacios.  Aquí podemos contar también el deseo constante de hablar del difunto y de las circunstancias de su partida.

La identificación o la introyección, el doliente busca a parecerse al difunto, a continuar su obra, a ser como él bajo riesgo de perder su personalidad por adoptar la de su ser querido.

La hiperactividad, hay dolientes que reaccionan con un exceso de acción, viajes, trabajo, proyectos y todo lo que implique un esfuerzo físico superior al acostumbrado.

La apatía, otros dolientes intentan mantener todo como antes y aparentemente no se ven afectados por la pérdida.

La evitación, consiste en hacer desaparecer todo lo que le pueda recordar al desaparecido, tomar otra ruta a la que acostumbraba tomar con él, no visitarlo al cementerio, no hablar de él y ni siquiera pronunciar su nombre.  Esta reacción arriesga al doliente a permanecer mucho mas tiempo en el proceso de duelo.

El apego a los símbolos del desaparecido, contraria a la anterior, esta reacción resulta del miedo inconsciente de olvidar al desaparecido.

La hostilidad, manifestada en gestos de impaciencia, de irritabilidad o de agresividad.  Como reacción pasajera es normal, pero en un estado grave y prolongado de violencia, estas reacciones deben ser tratadas rápidamente por un profesional.

La amplificación de la libido, algunos dolientes viven una fase de amplificación de pulsiones libidinales ligadas al deseo de la persona ausente y a la dificultad de cortar los lazos con ella.  Sin embargo, esta reacción conlleva a un gran sentimiento de culpabilidad sobretodo en las viudas.

Pero, todos los duelos no son iguales, cada tipo de duelo depende de: la personalidad del doliente, la relación que existía entre el doliente y el desaparecido, la naturaleza de esta relación, su duración y su calidad.  También influyen las circunstancias de la desaparición y las consecuencias que esta desaparición conlleva para el doliente.

Elisabeth Kübler-Ross, enfermera especialista en tanatología, en los años 60 expuso que las personas ante una pérdida atraviesan por cinco etapas.  Veamos estas etapas no sin aclarar que no son lineales, por el contrario, dependiendo de la personalidad de cada doliente, es posible caer y regresar a algunas de ellas.  Eso no me preocupa, lo que sí es preocupante es quedarse estancado en una de ellas y es allí donde el doliente requiere atención profesional para enfrentar su duelo.

La negación

Esta es frecuentemente la primera reacción que tenemos frente a una pérdida.  Es una manera de amortizar el dolor que ésta produce como mecanismo de defensa y de racionalizar las emociones abrumadoras.  La negación aplaza parte del dolor, pero inevitablemente pasará y nos enfrentará a la realidad.

La ira

Es aquí cuando las emociones fluyen y se manifiestan con una gran frustración frente a lo irreparable.  Durante esta etapa buscamos culpables, nos enojamos con nosotros mismos por no haberlo podido evitar, con los demás o con el difunto por habernos abandonado.  Finalmente es esa cólera frente a lo que no podemos solucionar: la muerte.

La negociación

Durante esta etapa buscamos explicaciones y fantaseamos con posibles soluciones.  Todos los “hubiera” florecen en este periodo de negociación en busca de recuperar el “control” de la situación.  Aquí surge la esperanza de posponer el dolor que produce el abandono.  Es un escudo débil para protegernos de la realidad dolorosa.

La depresión

No estamos hablando de una depresión clínica como problema de salud mental sino de una tristeza profunda y una sensación de vacío.  Esta puede incluir la preocupación por todos los quehaceres que un fallecimiento implica como el testamento y los gastos funerarios.  Es también una despedida íntima de nuestro ser querido.

La aceptación

Esta etapa es un regalo del proceso.  Es hacer las paces con nosotros mismos, con nuestra tristeza profunda, nuestra ira y nuestra negación.  Es el reencuentro de la tranquilidad dándonos la oportunidad de vivir nuevamente a pesar de la ausencia del otro.  No significa que dejamos de sentir dolor, significa que aprendemos a vivir con el dolor y ya no nos hace daño.

Recordemos que el doliente no pasa por cada una de estas etapas en un orden especifico e incluso no pasa necesariamente por cada una de ellas.  El duelo es una vivencia personal y única.

¿Cuánto tiempo pueden durar estas etapas?

No hay una duración normal establecida.  El duelo de la pérdida de un ser querido puede durar desde algunos meses hasta un año.  Todo depende de las circunstancias en que se produzca, de las herramientas con las que cuente el doliente, de su personalidad, de su cultura y educación y del apoyo que reciba.

Para enfrentar un duelo, los dolientes podemos someternos al cambio o controlarlo y decidir de su rumbo. Veamos seis claves fundamentales para equiparnos frente a un duelo que nos permitan controlar este nuevo cambio en nuestra vida:

  1. Hablar, es necesario exteriorizar las emociones vividas, los sentimientos y las ideas. Hablar también de la persona ausente y recordarlo.  Para hablar, es importante no hacerlo siempre a la misma persona pues esta se puede saturar de tu discurso y dejar de ser un apoyo valioso para tí.  Aprovecha tu entorno y las fuentes de ayuda cercanas a ti.  En ausencia de personas cercanas, familiares o amigos que puedan escucharte, es importante consultar, hablar con un profesional sicosocial.
  2. Tomarse su tiempo, el tiempo es oro y puede ser un gran aliado para el doliente, solo que debe tomar consciencia de que, con el tiempo, recuperará por fin la paz, la tranquilidad y el ritmo de su vida.
  3. Aceptar tus sentimientos, los positivos como los negativos, reconocerlos, acogerlos, vivirlos y transformarlos si es necesario. Darse el derecho de llorar, expresar sanamente la ira, no comparar tu sufrimiento con el de otros, transformar la ira y la culpabilidad en perdón.
  4. Cuidarse a sí mismo y a su familia, tomar el tiempo de hacer las cosas que te gustan, tener una buena alimentación, adoptar hábitos positivos para tu salud física y mental. Compartir tiempo de calidad con los seres que amas y te rodean.
  5. Ayudar a otros con su duelo, compartir con otras personas que también extrañan al ausente, apoyarlos en su proceso de duelo hace que te sientas mejor. Recordar juntos al ausente ayuda a todos a lidiar con la pena.
  6. Rememorar y celebrar la vida del ausente, encuentra tu manera de honrar la vida de tu ser querido, esto es algo muy personal y depende de como tu quieras rendir este homenaje. Puede ser a través de una planta, de una donación a una entidad, de un cuadro de fotos o bautizando un nuevo bebé con su nombre.

¿Y finalmente, cómo puedes ayudar a una persona que está viviendo un duelo?

  1. La herramienta fundamental y de mayor eficacidad es “LA ESCUCHA” y para escuchar hay que aprender a callar. Muchas veces por error y aunque con muy buena voluntad, caemos en un discurso invasor, tratando de distraer al doliente cuando lo que mas necesita es que lo escuches en silencio, que apruebes lo que dice, que reformules sus expresiones, que lo mires a los ojos, que expreses tu empatía a través de tu no-verbal.

Dentro del acompañamiento y la escucha también podemos incluir el permitir al doliente de no hablar, acompañarlo en su silencio y no acosarlo con preguntas.

  1. Decir “llámame cuando necesites, yo siempre estaré disponible para ti” es muy generoso, pero no es eficaz ni suficiente. Un doliente no tiene probablemente la fuerza de voluntad para llamarte cuando te necesite.  No dudes entonces en concretar citas con él, en visitarlo y llamarlo frecuentemente, ten por seguro que te necesita y tu ayuda en sus tareas cotidianas puede ser de gran utilidad.
  2. Reconocer las experiencias de dolor, que todas las personas experimentan el dolor de manera distinta, que tanto la aceptación como la negación son respuestas naturales, que la doliente extraña al ausente, que sus expresiones de ira provienen de la frustración y falta de control de la situación.
  3. Expresar empatía por el duelo. Muchas personas dicen “yo no sirvo para dar condolencias”, sin embargo, una palabra de aliento, una manifestación de apoyo seria de gran valor para el doliente.  No tienes que decir que lo sientes mucho si no es asi, pero puedes decir que te gustaría ayudarle a sentirse mejor y preguntarle si hay algo que puedas hacer por él.  Podrias ofrecerle de hacer algo que comúnmente él haría si no estuviera tan agobiado como ir a recoger sus trajes en la lavandería.  Finalmente, aunque no digas nada, tu presencia en el funeral o reuniones en honor al difunto puede ser muy valorada también por el doliente.
  4. Estar atento a la depresión, a las expresiones de daño a si mismo, a un posible aislamiento o a la presencia prolongada de síntomas para intervenir o proponer la intervención de profesionales en casos necesarios.

Finalmente evita frases como:

“sé como te sientes”, “el tiempo lo cura todo”, “no pienses más en esto”, “piensa en los demás”, “no te preocupes”, “tienes que ser fuerte”, “no llores más”.

Y el Principito dijo:

-Bien… Eso es todo.

Vaciló aun un momento; luego se levantó y dió un

paso…No gritó.  Cayó suavemente, como cae un árbol

en la arena.  Ni siquiera hizo ruido.

Y ahora, por cierto, han pasado ya seis años… Me he

Consolado un poco porque sé que verdaderamente

volvió a su planeta, pues al nacer el día no encontré

su cuerpo.  Desde entonces, por las noches, me gusta oír las

estrellas; son como quinientos millones de cascabeles…

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

El Principito

 

 

Bibliografia:

Bucay, Jorge, 1999, El camino de las lágrimas, Editorial del Nuevo Extremo S.A.

Régnier, Roger, 2004, La perte d’un être cher, Les Éditions Quebecor

https://lamenteesmaravillosa.com, Formas de duelo : el arte de saber decir adiós

www.fundacionbertelsmann.es, Todo lo que querías saber sobre el duelo y no te atrevías a preguntar

www.apa.org, Cómo sobrellevar la muerte de un ser querido

About Sandra Londono

Soy Trabajadora Social y Mediadora Familiar egresada de la Universidad de Montreal y miembro de la Orden Profesional de Trabajadores Sociales de Quebec. En los últimos 12 años he trabajado con familias desfavorecidas en el “Centre Jeunesse de Montréal”, y con padres en conflicto de separación en el “Service d’expertise psychosociale et de médiation à la famille” del Palacio de Justicia de Montreal. He animado grupos de hijos de padres separados para facilitar la expresión de sus sentimientos frente a la separación. He coordinado talleres de comunicación parental entre padres que viven conflictos de separación y divorcio. Colaboré con los Servicios Sociales Internacionales en la creación de un tratado de mediación familiar internacional para la resolución de conflictos familiares transfronterizos. Actualmente, atiendo en consultorio privado, casos de consejería individual, de pareja y de familia, de mediación familiar y coaching parental.

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