“El Corazón Frente al Mar” presenta el San Juan de Luis Rafael Sánchez

Hubiera sido espléndido oír la conferencia que fue la génesis de este libro dictada por la voz modulada de Luis Rafael Sánchez, punteada por sus pausas dramáticas y calibrada con sus énfasis contundentes. Para quienes no tuvimos la suerte de escucharlo, queda el deleite de leer este canto de amor dedicado a la ciudad capital de nuestra isla justo en el momento en que se celebran sus 500 años de existencia en la ubicación actual.

Alentadas por la canción inolvidable de Noel Estrada, “En mi viejo San Juan”, las palabras de Luis Rafael Sánchez -su prosa siempre dramática- se convierten en escenario para una acción justamente contraria a la que organiza la canción, que es la partida arquetípica hacia el Norte, inextricable ya de nuestra historia. Aquí la acción es de llegada: el libro es un encuentro con la “ciudad amada”, que ha encerrado las aficiones no solo del gran Gautier, sino de todos los sanjuaneros que en la Isla han sido.

El encuentro con la ciudad se escenifica desde la memoria histórica y la emocional; desde la crítica, el humor y, pese a todo, la nostalgia. La escenificación incluye lo sublime (la noche sanjuanera como la estrellada de Van Gogh) y lo humilde (la luna como el flan de batata que hacía el padre del escritor). De uno a otro extremo, las palabras van señalando -acumulándolas- experiencias personales, artísticas, históricas: constituyen una “summa”, es decir, una imagen comprensiva en la que palpitan los múltiples registros de nuestra capital caribeña. Esta tiene pocas pretensiones (“ni gran urbe ni gran metrópoli”) y aunque en 1797 fue brevemente heroica, su verdadera grandeza reside en los sueños en ella forjados y en las añoranzas de tantos que han partido y quieren regresar.

La historia de esta ciudad corre paralela, en el siglo XX, a un anhelo de modernidad que se tradujo en el primer rascacielos que hubo en la Isla (el edificio de González Padín, de unos vertiginosos siete pisos de alto) y en el posterior y aun más alto del Banco Popular, cuyo estilo Art Nouveau era entonces vanguardista. Sede San Juan de la oficialidad (de las leyes y los tribunales), lo fue asimismo de la elegancia (lo atestigua el majestuoso edificio del Casino de Puerto Rico, hoy centro de recepciones del gobierno) y de la cultura (con librerías emblemáticas como la de Campos y un Ateneo que en 1924 se mudó de frente a la Plaza de Armas al entonces recién construido edificio de Puerta de Tierra).

No es este el San Juan del que escribe Luis Rafael Sánchez, sin embargo, ni es el rescatado por Ricardo Alegría -sanjuanero de pura cepa- del deterioro. La ciudad que recorre aquí el escritor es ‘la de a pie’: aquella por cuyos cinco callejones y trece calles principales, por cuyas muchas plazas y plazuelas y pocos parques (el de las Palomas se convierte aquí “un ‘bed and breakfast’ que administran tales aves…”) se deambula. Es también la de la imaginación. Su marginalidad había aparecido dramatizada en la propia obra del autor (“Sol 13, interior”), en los cuentos y el teatro de René Marqués y en los escritos de una nómina impresionante de narradores, algunos de los cuales se nombran aquí. Los poetas -José Luis Vega; podríamos añadir a Ribera Chevremont y Edwin Reyes- y los compositores favorecen más la admiración… y a veces la nostalgia.

El San Juan de Luis Rafael Sánchez es también el del entretenimiento plebeyo y masivo. Un recorrido somero por sus cines -el escritor cita al Luna, el Rialto, el Roxy y el Royal- aviva el recuerdo de los culebrones mexicanos que en los años 40 y 50 fascinaban al público con sus desafíos melodramáticos a la cotidianeidad boricua, mientras su nómina de estrellas conformaba arquetipos inolvidables: la sufriente Libertad Lamarque (“la lágrima que canta”, según dijera un crítico); María Félix (“la mujer más bella del mundo”); Pedro Armendáriz, galán de galanes, Tin Tan, cómico sin par.

Música, palabras, imágenes y recuerdos determinan el recorrido por San Juan, como determinaron antes, a mayor escala, el que hizo el autor por la América Hispana en “La importancia de llamarse Daniel Santos”. En aquel libro se descomponía y reconstruía un mito. Como aquel, este es una caja de resonancias en la que, con nueva y actual intensidad, se refleja lo propio y se apropia lo ajeno como signo de admiración y homenaje. El lenguaje rítmico y redundante, sobreabundante en palabras y referencialidades que caracteriza el estilo hipnótico de Luis Rafael Sánchez reitera y amplía constantemente el sentido de lo que afirma, espaciando dramáticamente los énfasis y estableciendo de continuo nuevas y especulares relaciones. La ciudad se multiplica aquí -y se enriquece- con ello.


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