Friday , 24 November 2017

El divo humilde, al rescate

Una estrella del fútbol, su ego superlativo y su exceso de autoestima, solo muestran un respeto reverencial ante un talento superior. Nadie chuta, corre o controla el balón mejor que un jugador profesional que ha alcanzado la cumbre en el Real Madrid o el Barcelona. Por ese flanco, como le ha sucedido a Rafa Benítez y su prominente abdomen de frío estadístico, se pierde a menudo la consideración o la obediencia. Los números no suelen convencer a los futbolistas, sino la realidad del juego sobre el césped. Al Madrid llega ahora otro tipo de capataz. Un ídolo del que hablarán generaciones, cuyas hazañas con la pelota en los pies pasarán de padres a hijos y a nietos, alguien que perdurará en el recuerdo del estadio de Chamartín por los siglos de los siglos. Un héroe que ha chutado y controlado el balón mejor que todos los jugadores de la actual plantilla a la deriva. Por mor de las urgencias y de una sinergia que devora entrenadores, Zinedine Zidane, el último icono del madridismo junto a Raúl, escala hasta el cargo que le había reservado hace tiempo Florentino Pérez. «Algún día Zidane entrenará al Madrid», vaticinó el presidente del Madrid en visión futurista que ha durado unas semanas. Ya está aquí el excelso centrocampista que enamoró a partidarios y rivales. Centrocampista sublime, tocado por la varita de los dioses, Zidane fue propietario de una técnica suprema, imaginación sin límites y una capacidad para improvisar sustentadas en un físico longilíneo y elástico. El francés convocó a la unanimidad con el balón en los pies. Nadie pudo discutir su jerarquía desde que apareció con 17 años en el modesto Cannes de su vecina y salvaje Marsella. Puerto duro, ciudad en tonos negros donde recalaban los inmigrantes que, como la familia Zidane llegada desde Argelia, buscan otro porvenir en la prosperidad de Europa. Zidane deslumbró allá donde enseñó su sedoso fútbol de las calles de Marsella. En el Girondins de Burdeos de la aguada liga francesa, en la Juventus de Turín de la rígida Serie A italiana, y en el Real Madrid, donde se encumbró como una estrella total durante cinco temporadas (de 2001 a 2006) en el Madrid de los galácticos. Dos goles en la final del Mundial de 1998 ante Brasil, la volea en Glasgow ante el Bayer Leverkusen para levantar la novena Copa de Europa blanca y el cabezazo a Materazzi en la final del Mundial 2006 son las imágenes que jalonan la vida de éxitos y algún fracaso del exfutbolista. Una vida normal Casado con Veronique Fernández, una bailarina francesa de origen español (su familia procede de la Alpujarra granadina), Zidane es un divo humilde padre de cuatro chicos que juegan en las diferentes categorías del Real Madrid. No ejerce de estrella. Vive en una zona noble de Madrid, el Conde Orgaz, pero su actitud no emparenta con el ego futbolero. Invita a chuches y sandwiches de pollo en su imponente chalet a los niños y padres del colegio o del antiguo equipo de fútbol, se relaciona con normalidad con sus semejantes, come menús del día en el Vips y trata de pasar inadvertido en su piel de leyenda del fútbol. Como entrenador también ha diseñado un perfil bajo en comparación con su estatura como futbolista. Fue segundo técnico con Carlo Ancelotti, manejó los entresijos del equipo sin dar la cara y asumió después la dirección del Castilla, cargo que ocupaba hasta la fecha. Desde hoy, Zidane es un ídolo en el banquillo blanco.


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