Monday , 23 July 2018

El excéntrico sueño hippie de los años 70 con base en Formentera

De isla a isla a isla o, más bien, de paraíso a paraíso. Así es como las Islas Baleares, especialmente Formentera, se convirtieron en el escenario perfecto para el «sueño hippie» en los años 60 y 70. Un sinfín de jóvenes, en su mayoría norteaméricanos, comenzaban un viaje de ida para evitar así ir a la guerra de Vietnam a una isla pequeña, de apenas 77 kilómetros cuadrados que apenas superaba los 2.700 habitantes en temporada baja (cuatro veces menos que actualmente). Playas paradisíacas, la tranquilidad de un lugar que aún tiene mil rincones secretos por descubrir… Un paraíso al que King Crimson, con su Formentera lady, rindió tributo a aquellos años. Formentera era el lugar perfecto para esconderse (e, incluso, aislarse) de un momento de vorágine global. Y eso hizo Samuel, el personaje al que da vida José Sacristán en la película que tiene el mismo nombre que la canción de la banda londinense. ¿Libertad o responsabilidad? Ese es el arranque de la historia. La ópera prima de Pau Durà, presentada en el Festival de Cine de Málaga, habla de un viejo hippie de los 70 que vive en Formentera, libre, o eso piensa él, hasta que la obligación de ocuparse de su nieto le pone los pies en la tierra. «Muestra a un hombre que cree que vive en libertad hasta que se ve obligado a hacerse cargo de su nieto y eso le va a hacer enfrentarse a muchas de las sombras que tiene ese paraíso», relata el director. «A partir de aquí, hacemos muchas preguntas pero damos muy pocas respuestas», añade el director, quien confesó que el origen de la cinta está en su propia vida, en el momento crucial en el que se iba a convertir en padre. José Sacristán es el encargado de dar vida a Samuel «y lo curioso es que conocí a alguien como él durante el rodaje», reconoce el actor. «Le vi en unos de mis largos paseos por la isla. Se hizo hippie hace mucho tiempo. Me contó que tenía dos hijos, que uno debía estar por California. Debía… y que había estado en la India», comenta aún anonadado Sacristán. Le descubrió en algo parecido a un mercadillo, vendiendo lo poco que le quedaba. Le compró unos relatos de Roald Dahl. «Esto ya ha acabado. Yo ya estoy muerto», le comentó su personaje hecho realidad. No tenía casa, tampoco le quedaba dinero. «Había sido operador de cámara, pero me dijo que mientras nosotros hacíamos “ese cine de mierda”, él había huido», recuerda con resquemor. «A ver si te aparece un nieto, coño…», dice en referencia a la película. Con los hippies llegaron las drogas, el amor libre y el misticismo, algo que aún puede percibirse en la isla. «Todavía hay gente que va a la isla en invierno a buscarse», añade el director. Pero lo curioso es que al frente de una película que muestra las sombras de ese mundo plagado de estupefacientes se encuentre el antagónico José Sacristán. «Chichón no fue unas de esas tierras, no había muchos hippies; pero tampoco los habías cuando mi padre salió de la cárcel y nos mudamos a la habitación con derecho a cocina en Madrid. Algo he visto en los más alocados de esta profesión. Yo no he pasado del chincón. Como mucho al orujo y para mí el tercer vaso ya es estar al borde del abismo», cuenta entre risas. El reparto lo completan Jordi Sánchez y Nora Navas, además del pequeño Ballesteros, quien, para Sacristán, tiene el «don de comerse la cámara». «No sabía quién era. Me lo explicaron, me dijeron que era uno de los mejores actores de España y flipe. No es que me haya ayudado es que me lo ha dado todo», reconoce el pequeño ante la ovación de los presentes. Es evidente, tanto en la pantalla como fuera de ella, que ha habido una conexión especial «entre el experto Sandro y el novato Sacristán».
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