Tuesday , 19 June 2018

El «Jack el Destripador» español

Año de 1879. Desde hacía una década, Vitoria y sus alrededores había dejado de ser una zona tranquila. Antes de ese tiempo oscuro, la comarca de la Llanada era un paraíso en el que el devenir de la vida parecía detenido. Un lugar apacible y verde donde la lluvia, y poco más, constituía la única alteración de lo cotidiano. Uno de sus habitantes, el campesino Juan Díaz de Garayo, hombre rudo y analfabeto, se propuso romper la armonía y el orden natural de las cosas nueve años atrás. A Juan no le pesaba lo cometido en esos años en los que sembró el terror en la comarca. Caminaba por aquellos privilegiados parajes, ahora marcados por el horror, como si fuera un inocente paseante ávido de paisajes. Sin embargo, en ese momento cargaba con cuatro muertes. Crímenes en los que la saña destrozaba cualquier definición de ser humano para su persona. Ya llevaba desde noviembre del año anterior sin cometer fechorías, desde los intentos fallidos de agresión a una molinera (por el que cumplió dos meses de cárcel) y a una mendiga anciana. Una mañana se le avivaron los aviesos instintos y salió de casa, como hacía habitualmente, a transitar solitarios caminos sin rumbo fijo. Fue en la carretera entre Murguía y Vitoria donde encontró a una joven de unos veinticinco años, a la que propuso andar juntos. Durante el trayecto hablaban poco. La muchacha le contó que era de Zaitegui. En un recodo de la vía, Juan comenzó a desabrocharse el cinturón con cautela para no ser visto, y después hizo lo mismo con la bragueta del pantalón. Fue abriendo un ojal tras otro por debajo de la amplia chaqueta mientras disfrutaba por anticipado mirando a la joven, que ya mostraba signos de inquietarse. – Bueno, pues yo ya me voy por este otro camino -dijo ella con la voz quebrada por el miedo. – Yo también sigo ese camino -contestó Juan dejando abierta de par en par la puerta a sus malas intenciones. Ya no hubo vuelta atrás. La joven aceleró el paso dispuesta a echar a correr pero como el mal siempre es más rápido que la inocencia, Juan la alcanzó enseguida, la empujó tras unos matorrales y consumó con violencia su ansia agresiva de sexo no consentido. La víctima, medio desnuda y presa del pánico, sin capacidad de asimilar el ultraje que acababa de sufrir, se revolvía con uñas y dientes, lo cual era nada para la corpulencia del agresor. Éste sacó una navaja de un bolsillo del pantalón y se lo clavó en el pecho y el vientre hasta causarle la muerte. No satisfecho, le mutiló varias partes del cuerpo; después cerró la navaja, se subió los pantalones y echó a andar dejando atrás con rapidez el recuerdo de la que era su quinta víctima. Tres veces viudo Dos lugareños se cruzaron con él e intercambiaron banales comentarios de caminantes. Lo vieron tranquilo y todo lo amable que podía ser, dado que el carácter de Juan tendía más bien a lo huraño. Tras ofrecerle un cigarro continuaron cada uno su marcha, evaporándose el humo de la culpabilidad con cada nueva pisada hacia delante. Se le hizo larga la noche en el bosque. Por la mañana siguió dando tumbos de un sitio a otro y sin darse cuenta recaló por los caseríos de Arana, donde se encontró con una labradora de poco más de cincuenta años, vecina de Nafarrate. Se miró las manos aún con restos de sangre reseca del crimen de la noche anterior y se abalanzó sobre su nueva presa. La navaja volvió a penetrar en un cuerpo de mujer. No era de ahora, hacía tiempo que Juan se había convertido en una mala bestia con impulsos sádicos y sed de sangre. Tendida en el suelo, su sexta y última víctima fue quizás la más ultrajada de todas, aunque no era la primera a la que descarnaba las entrañas. El animal, navaja en mano, abrió en canal salvajemente lo que quedaba de la infortunada mujer. Al acabar, el silencio hostil de alrededor perforó los tímpanos del «Sacamantecas». En casa, Juan tiró de su mujer hacia el catre, sin miramientos, quería sexo, tenía ganas de más, y apagó la vela para escuchar sus gritos en la oscuridad rememorando los de la última asesinada. Se había casado cuatro veces. Su actual esposa era una anciana viuda, Juana Ibisate. De las tres anteriores enviudó, y no tardaba en casarse de nuevo. Le llamaban «El Zurrumbón» por su primera mujer, Antonia, viuda, conocida como «La Zurrumbona», con la que tuvo cinco hijos. Fue al poco de fallecer de viruela la segunda cuando le cogió el gusto a provocar la muerte ajena. La primera vez sucedió en abril de 1870. Entabló conversación con una prostituta y le propuso ir a las afueras de la ciudad. Junto a un arroyo quiso cerrar trato con ella pero le pareció excesivo lo que le pedía por complacerlo sexualmente, de modo que se enzarzaron en una agria discusión con aroma de tragedia, como así acabó. El hombre, fuera de sí, la derribó y forcejeó en el suelo tapándole la boca con sus toscas manos para que no gritara. La abofeteó y le oprimió el cuello, estrangulándola. Pero quiso rematarla hundiéndole la cabeza en el arroyo. Desnudó el cuerpo para observarlo se diría que con detenimiento de entomólogo, si no fuera por lo primario que era Díaz de Garayo. Le tiró la ropa con desprecio sobre su desnudez inerte y huyó de regreso a la ciudad antes de que cayera la noche. Durante interminables jornadas se habló en Vitoria de la prostituta hallada muerta, esposa de un presidiario, cuya rememoración se fue apagando lentamente hasta desvanecerse. Sádica colección A punto de cumplirse un año de aquello, quiso el azar que Juan ratificara su condición de asesino poniéndole en su camino a una viuda en extremo humilde y sin familia, que vivía de la caridad. También la condujo a las afueras después de invitarla a comer algo y tomar un vino. Esta vez enfiló la ruta de Arana, y a escasos metros de su primer crimen le hizo exactamente lo mismo que a la anterior. Se sintió vilmente reconfortado cuando llegó a casa y se metió en la cama abrazado al sueño de coleccionar crímenes. A los pocos meses se produjo el tercero. Era agosto. En el camino que va de Gamarra a Vitoria, desierto a las horas en las que apretaba el sol, se encontró con una muchacha de tan sólo trece años, a la que agarró por el cuello arrastrándola hacia una acequia lejos de la carretera. Ya lo llevaba escrito en el destino que él mismo había elegido: también la asfixió y una vez muerta abusó sexualmente de ella, como haría en lo sucesivo con otras. A los ocho días del tercer asesinato y sembrado el pánico en todos los rincones de la comarca alavesa, la desgracia se cernió sobre una joven de veintitrés años, a la que le clavó en el corazón una horquilla del pelo que ella misma llevaba. Aunque por impensable que pareciera todavía estaba por llegar lo peor. Corría el frío mes de febrero de 1878. El infame «Sacamantecas» llamó a la puerta de una casa ubicada en un calle alejada del centro de Vitoria. Le abrió una niña de once años. «¿Hay algún cuarto vacío en esta casa?», preguntó y la empujó hacia atrás bruscamente sin aguardar respuesta. Un portazo a sus espaldas y comenzó el calvario de la pequeña. Intentó estrangularla pero más urgencia tenía en abusar de ella. Pobre criatura… La acuchilló en el vientre y falleció días más tarde en el hospital. Tras el último asesinato, el de la labradora de Nafarrate, se ataron los cabos necesarios, gracias a varios testigos, para que Juan Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña, de pomposo nombre y ruin calaña, natural de San Millán, diera con sus huesos en la cárcel del Polvorín Viejo de Vitoria. ¿Arrepentido…? Quién sabe. Confesó los seis crímenes y describió los intentos que se le frustraron. Cuentan que tras su ejecución los parajes de la Llanada fueron lentamente recobrando la vida y el color, desvaído durante casi diez años por el macabro hálito de la muerte sentido en la nuca de las frondosas montañas.
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