Monday , 18 June 2018

El Teatro Real recupera la memoria

el 26 de enero de 1919, Ángel María Castell (firmaba como Aemecé) escribíaen las páginas de la revista Blanco y Negro, en un artículo dedicado a Giuseppe Verdi: «¿Su ópera más cantada? Aida, por lo menos en España. Detalle que lo confirma: la presente temporada del teatro Real se ha inaugurado con Aida. Es la 323 representación». Hasta el cierre del coliseo, en 1925, la cifra se aumentó hasta 353 funciones. Precisamente a esta popularidad se refiere Joan Matabosch, actual director artístico del Teatro Real, cuando señala como un «hecho sorprendente» que la ópera que Giuseppe Verdi estrenó en la Ópera de El Cairo el 24 de diciembre de 1871 no se haya visto en el coliseo durante veinte años. Y es que la última vez que este título se pudo ver en el Teatro Real -donde se estrenó el 12 de diciembre de 1874- fue en la inaguración de la temporada 1998-1999, la segunda desde su reapertura. Y en este curso de celebraciones (la de la citada apertura y la del bicentenario de su creación), los responsables del Teatro Real han querido, por una parte, rendirse un homenaje, y, por otra, recuperar la memoria. «Es fundamental para una institución como esta -dice Matabosch- tener memoria. Solo se puede mirar hacia el futuro mirando hacia nuestro pasado». Y con estos pensamientos en la cabeza el Teatro Real ha abierto su baúl y ha rescatado la producción de «Aida» que presentó -con un gran éxito- hace veinte años, y que lleva la firma del argentino Hugo de Ana (dirección de escena y escenografía). «Un teatro de ópera -insiste Matabosch- ha de tener una buena “Aida” en su repertorio. Es uno de los títulos más populares de la historia de la ópera, si no el más popular». En esta ocasión, llevará la batuta el italiano Nicola Luisotti, y el triple reparto incluye a Violeta Urmana, Ekaterina Semenchuk y Daniela Barcellona (Amneris), Liudmyla Monastyrska, Anna Pirozzi y Lianna Haroutonian (Aida), Gregory Kunde, Alfred Kim y Fabio Sartori (Radamés), Roberto Tagliavini y Rafal Siwek (Ramfis), y Gabriele Viviani, George Gagnidze y Ángel Ódena (Amonasro). Se ofrecerán, del 7 al 25 de marzo, diecisiete representaciones -la del 22 de marzo se retransmitirá por Radio Nacional de España-, y se ha vestido la ocasión con una docena de actividades paralelas; entre ellas destacan la apertura de la Cámara Acorazada del Museo Arqueológico (13 y 15 de marzo, limitado a 12 personas por día) y un taller de caligrafía egipcia antigua que se celebrará en la Biblioteca Nacional los días 10 y 11 de marzo y 13 y 14 de abril. Para el público general, pensar en «Aida» significa pensar en la «Marcha Triunfal» y en un gran aparato escénico, con grandes decorados y decenas de extras, cuando no incluso con animales. La producción de Hugo de Ana no decepcionará en este sentido: en el escenario del Teatro Real se reunirán trescientas personas entre solistas, coro, bailarines, actores y figurantes. Pero la «Marcha Triunfal» no llega a diez minutos en una ópera con casi dos horas y media de música. El resto es una ópera intimista, prácticamente una ópera de cámara. «La “Marcha Triunfal” es el reclamo para el público -explica Nicola Luisotti, director musical de esta «Aida» y un sólido experto en Verdi-. Es la parte conocida por todos, pero los momentos más bellos son los más íntimos y delicados, y esos apenas los conoce el público». Coincide con él Hugo de Ana, que asegura que el gran reto de cualquier puesta en escena de «Aida» -y de otras óperas verdianas, como «Don Carlo»- es guardar el equilibrio entre las escenas de masas y las intimistas. Éstas, asegura, «son las más importantes. Los fastos representan el mundo del poder, algo muy presente en la obra de Verdi; la “Marcha Triunfal” tiene cierta similitud con los desfiles del fascismo y el nazismo. En «Aida» se presenta un triángulo compuesto por el poder religioso -que es el que prevalece por encima de los demás-, el poder político y el pueblo. Y en contraste, el triángulo amoroso entre Aída, Amneris y Radamés. Hay que conseguir que el público concentre su atención en el conflicto dramático, que se presenta en las escenas más íntimas». Final metafísico Y añade Hugo de Ana -que no visitaba el Teatro Real desde 2005, cuando repuso su producción de «Don Carlo»- que el dúo final de la ópera, «O terra, addio», que cantan Aida y Radamés, es lo que más le interesa. «Por la belleza de su música, pero también por su significado. Transcurre en una tumba, igual que el final de “Don Carlo” y de “La forza del destino”. Es adonde vamos a ir todos; es una transición metafísica, filosófica, una ascensión espiritual». Aunque la producción que se presenta en el Teatro Real tiene veinte años, Hugo de Ana dice que hay muchos cambios y que hay que verla con ojos nuevos. «Todos modificamos a lo largo de los años nuestro concepto de las obras. Además, cada puesta en escena es diferente, está viva, porque se trabaja con material humano distinto en cada ocasión». A ello hay que sumar que los tiempos y los plazos de los montajes han variado en estas dos décadas, con lo que ha habido que reducir sus dimensiones -«el concepto general se mantiene», explica Hugo de Ana, que ha firmado siete u ocho versiones distintas de la ópera verdiana-. Y concluye el director argentino: «He madurado mucho mi visión de “Aida”; pretendo que no sea una pieza de museo, sino un espectáculo vivo. Verdi Giuseppe Verdi tenía cincuenta y ocho años cuando se estrenó «Aida» en El Cairo. Todavía escribiría otras dos óperas, «Otello» (1887) y «Falstaff» (1893), antes de su fallecimiento en 1901, en el Gran Hotel de Milán. «“Aida” es una síntesis de su carrera», explica Matabosch, que continúa: «“Aida” es una obra sobre un amor que es más poderoso que el odio entre los pueblos, el conflicto entre convicciones religiosas incompatibles, las diferencias sociales e incluso las traiciones. Un amor tan sólido como el muro que impide su consumación. Es un drama íntimo sobre un amor sacrificado a los intereses del poder,. La grandeza de Verdi consiste en no integrar los dos planos individual y colectivo de la obra, sino en simplemente superponerlos. Más allá de esas escenas de masas tan fáciles de caricaturizar, hay que insistir que esta es una obra que expresa el amor, los celos, la nostalgia y la humillación de unos personajes encerrados en alcobas, en parajes clandestinos, en la oscuridad de la noche o entre las piedras de la propia tumba. En los claroscuros de esos espacios íntimos reside la auténtica grandeza de la obra». Pedro Lavirgen – Javier del Real Homenaje a Pedro Lavirgen No participa en esta producción; de hecho, solo ha pisado en una ocasión el escenario del Teatro Real, y lo hizo cuando era sala de conciertos, no teatro de ópera. Pero Pedro Lavirgen (Bujalance, Córdoba, 1930) es uno de los protagonistas de la «Aida» que presenta el coliseo. Sus responsables han querido rendir homenaje a una de las grandes voces de la lírica española de las últimas décadas, que fue además un legendario Radamés, un papel que ha sido siempre su caballo de batalla. El propio Pedro Lavirgen cuenta que «”Aida” fue una de mis obras predilectas desde que tenía ocho o nueve años. Me la sabía de memoria antes incluso de aprender solfeo. Ha sido una obra emblemática para mí, porque siempre cantaba “Celeste Aida” en las audiciones». Lo hizo en la Scala de Milán; «no me contrataron entonces, pero sí lo hizo el teatro Bellas Artes de México, precisamente para cantar “Aida”; fue mi debut operístico». Reconoce Pedro Lavirgen que su voz era más lírica de lo que en principio exige el papel de Radamés, «pero la he podido cantar, y hacerlo en las partes más dulces, de mayor legato, y en las más heroicas y potentes». Afirma que es una ópera «muy dura» de cantar; coincide con Hugo de Ana y Nicola Luisotti al señalar que el dúo final es «el más bello de la ópera», y habla del gran escollo que tiene el tenor en «Aida»: «cantar la romanza, “Celeste Aida”, cuando no te ha dado tiempo a calentar la voz…» Y concluye entre sonrisas. «“Celeste Aida” se puede cantar si el maestro quiere. Si te quiere arruinar, te arruina».
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