Estos son los españoles que le plantan cara al ébola en República Democrática del Congo

El avión se ha retrasado. El experto en el virus del ébola y coordinador de emergencias de Médicos Sin Fronteras, Luis Encinas, tenía previsto llegar ayer a Mbandaka a primera hora de la mañana para formar a los médicos y embajadores humanitarios que se disponen a luchar contra el noveno brote de ébola que sufre la República Democrática del Congo. El brote se declaró el pasado 8 de mayo en Bikoro, provincia de Équateur, al noroeste del país. Hasta el momento (los últimos datos son del 17 de mayo), se han registrado 45 casos y producido 25 muertes. La Organización Mundial de la Salud no ha declarado la emergencia sanitaria internacional, pero mostró preocupación cuando se confirmó un caso en Mbandaka, área urbana con más de un millón de habitantes. Ese caso es lo que lleva a Luis Encinas a preguntarse, una y otra vez, si se trata de la punta del iceberg o el brote se podrá controlar. «Soy enfermero, tengo 48 años y me he enfrentado a siete brotes de ébola en República Democrática del Congo. También he estado en Sierra Leona, Guinea Conakry y Senegal. Estos días siento mucha adrenalina y ganas de compartir lecciones aprendidas, evitar el mensaje masticado para que no haya rechazo entre la población al hablar de la enfermedad. Es muy importante que respetemos al paciente, que nos focalicemos en él, que demos lecciones con humildad. Son ellos lo más importante. «Todo esto le da sentido a mi vida» Esto le da sentido a mi vida, si mi trabajo puede servir para evitar una crisis humanitaria dormiré mejor. Por mi experiencia, el comienzo de este brote es diferente a otros. El epicentro está en Bikoro, una zona remota, en el noroeste del país, donde no había llegado antes. Pero se ha terminado convirtiendo en un ébola urbano porque se extendió a Mbandaka, una ciudad con más de un millón de habitantes. Es un ébola diferente, se trata de una noticia diferente, hay más densidad de población, más riesgo de contagio porque el virus, además, está en una zona fluvial: por allí pasan dos ríos, el Ubangui y el Congo, que son autopistas de movimiento. No hay una imagen clara de lo que está sucediendo. Y eso me da dos impresiones sobre la situación. En primer lugar, creo que hay una voluntad política y un conocimiento del ébola que no se tenía antes; cuando se habla de la enfermedad ya se entiende lo que implica. Es aquí, precisamente, donde se descubrió hace más de 40 años, es el país que más brotes ha sufrido en el mundo. Pero, por otro lado, parece que estamos viendo solamente la punta de iceberg. Hay nuevos casos y tampoco se está haciendo un seguimiento escrupuloso de las personas que estuvieron en contacto con enfermos. Lo que deberíamos hacer, cada día por la mañana, es controlar la fiebre con un termómetro (uno de los síntomas de la enfermedad) y eso no se está haciendo al cien por cien. «No hay una imagen de control total del brote» La otra diferencia de este brote con otros es la llegada de la vacuna, que si bien no está homologada ni tiene patente fue muy eficaz durante el terrible brote de 2014-2016 en África Occidental. Entonces se usó de forma desesperada, en el último momento, y ahora se implementará desde el principio. Estamos yendo a Mbandaka para usar parte de esas vacunas. Pero debemos hacerlo con cautela y en forma de «anillo», es decir, por niveles de población: el primer nivel lo conforman los médicos, enfermeros, investigadores, trabajadores de las funerarias que manipulan cuerpos… Toda esta gente puede que haya estado ante un paciente hipotéticamente positivo y por eso les propondremos el uso de la vacuna pero aclarándoles que no está homologada y que tiene posibles efectos secundarios. El segundo nivel de población lo forman los contactos de un paciente de ébola confirmado. Es decir, todos los que están cerca de él son contactos de alto riesgo. Luis Encinas, enfermero de Médicos Sin Fronteras, a su llegada, ayer, a Mbandaka zona urbana con más de un millón de habitantes donde se ha detectado un caso – ABC «Corro riesgos pero mi familia me apoya» Soy positivo con la vacuna, y el hecho de usarla desde el principio servirá para controlar más rápido la enfermedad, pero hay un desafío logístico brutal por delante. Se tiene que mantener a -80 grados en un país donde hay un clima tropical. Pese a todo, quiero intentar normalizar las cosas; es normal que mucha gente sienta miedo, no podemos olvidar que es un enfermedad con una tasa de letalidad de aproximadamente del 50 por ciento. O sobrevives o falleces, pero pero hay que luchar contra el miedo. En mi caso personal no temo por mi vida. Mi familia me apoya, hay admiración y respeto. Corro riesgos, pero ¿quién no? Son los mismos que los que puede sufrir el que sale de su casa todos los días, coge el metro o un coche. «Sentir preocupación no es lo mismo tener miedo» [Miedo tampoco tiene Luz Divina Martinez, una religiosa perteneciente a las Franciscanas Misioneras de María nacida en Logroño hace 77 años. Sus pupilas han visto demasiado. Y es que 50 años en un país que hasta tenía otro nombre, Zaire, dan para mucho. Una vida, como la de ella, dedicada a los enfermos genera, paradójicamente, cierta inmunidad ante cualquier alarma]. He pasado 18 años en un pueblo entre las montañas. La vida alli, en Kingunda, era sencilla: trabajaba en un internado con 120 chicas dando clases de religión pero también ayudando a los enfermos. Me encargaba de llevar los casos graves al hospital, que estaba a 34 kilómetros, por caminos muy malos. Ahora estoy en Kinshasa, la capital del país, muy lejos del brote en la provincia de Équateur. Aquí, por ahora, no hay pánico. Personalmente estoy preocupada; el ébola es una enfermedad muy peligrosa y puede haber muchas víctimas si se radicaliza. Pero preocupación no es lo mismo que miedo. Jamás se me cruzaría por la cabeza marcharme por el brote. Sí tengo pensado volver a España pero no tengo idea de cuándo será. Soy misionera. El misionero comboniano Rafael Naranjo – ABC «No sería capaz de dejar solos a los enfermos» [Rafael Naranjo contesta, desde Kinshasa, a cuentagotas. Es un misionero comboniano de 60 años nacido en Cádiz (la tacita de plata, escribe). Los cortes de luz que sufre a diario le impiden mantener la comunicación por email. Cuando vuelve la electricidad corre otra vez al ordenador. El teléfono lo ha descartado porque apenas se puede mantener una conversación sin cortes. «Aquí las cosas no van como en Europa, donde tenéis todo a tiro o de forma inmediata; me cuesta comunicarme porque nos quedamos habitualmente sin luz. Pero no quería dejar de dar noticias», se justifica]. Por aquí todo va bien, el brote de ébola se vive con calma. Por mi parte, estoy sereno y tranquilo. Si llegara el brote hasta aquí, no sería capaz de quitarme de en medio ni de dejar a los enfermos solos y abandonados. Todo lo contrario, me quedaría junto ellos para darles consuelo y ayuda en la medida en que se me permita. Les diría también que aún en el drama del ébola, el Señor está junto a ellos y les ama. [Naranjo llegó al país en 1983 y tantas tragedias ha visto desde entonces que el ébola, que para él es un problema más. Ni mucho menos el peor]. Aquí pasan muchas cosas. El Congo es enorme. Por ejemplo, en la zona sur el capital la problemática gira en torno a la política, la corrupción, el paro juvenil y los secuestros. En la zona del este, en cambio, se sufre la guerra, se mata a la gente a hachazos y no se le da ningún valor a la vida. Allí se explotan los recursos naturales para que unos pocos puedan enriquecerse y se financie la guerrilla. Por no mencionar la malnutrición de miles de niños. Las personas intentan sobrevivir día a día, sobrevivir, y el hecho de que haya un brote en Mbandaka por supuesto que llama la atención y preocupa, pero los problemas de la gente son otros, tienen que vivir y salir adelante cada día.
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