Monday , 20 November 2017

Fundación Botín: Del laboratorio a la empresa

A Emilio B otín no solo le preocupaban los números del Banco Santander. El fallecido banquero cántabro era uno de los grandes mecenas privados de la investigación científica en España. Pero, a diferencia de otros grandes dedicados a la filantropía. No se limitó a apoyar con recursos la ciencia española. Invirtió dinero, aunque con una mirada empresarial, de rentabilidad. A Botín le preocupaba la innovación, que las ideas que surgieran en el laboratorio pudieran terminar en el mercado en forma de producto o servicio y quiso dar un giro a la cultura científica. Era la preocupación de Botín y la gran asignatura pendiente de la investigación española, líder en publicar ideas e investigaciones innovadoras e ineficaz para crear empleo y riqueza. Con esa apuesta visionaria surgió hace diez años el programa de transferencia tecnológica. Hasta ese momento a nadie se le había ocurrido guiar y sostener ese paso fundamental para generar riqueza económica y social con la ciencia. Su ayuda se encaminó hacia los equipos que trabajan en el área de salud: cáncer, alzhéimer, párkinson, envejecimiento, enfermedades cardiovasculares, medicina regenerativa…, enfermedades que tienen un gran impacto social. Hoy la Fundación Botín sostiene el mayor programa de transferencia tecnológica del país y su fórmula se imita en centros de investigación y universidades. Desde 2005, 28 equipos españoles cuentan con el apoyo de la fundación, se han conseguido 48 patentes y 27 acuerdos con empresas para desarrollarlos. También se han creado cuatro nuevas empresas (una quinta está a punto de nacer) y se han generado 447 empleos indirectos de alta cualificación. Una de estas empresas e historias de éxito es «Life Length», desarrollada en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas. Esta compañía, que puso en marcha María Blasco, ofrece servicios de diagnóstico basados en el análisis de telómeros. Estos análisis permiten medir la edad real de una persona -no la que aparece en el DNI- y su estado de salud global. Lo hacen estudiando la longitud de unas estructuras situadas en los extremos de los cromosomas. Desde su creación, la empresa ha facturado por encima de 1,3 millones de euros y ha creado 20 empleos directos. Apuesta por los mejores Los 2,7 millones de euros que anualmente ha invertido la Fundación Botín en este programa han sido decisivos, pero sobre todo la elección de los destinatarios de esas ayudas. «No hemos apostado por grandes centros de investigación, sino por personas, por ideas. Al principio, eran científicos más consolidados, ahora buscamos un perfil más joven, con menos pasado y mucho futuro», explica Íñigo Sáenz de Miera, director de la Fundación Botín. Ese olfato ha sabido reunir bajo su paraguas a la élite de la ciencia biomédica, muchos de ellos los mejores en su campo a nivel internacional. Nombres como Carlos López-Otín, María Blasco, Joan Guinovart, Eugenio Santos o José López Barneo, que ya forman parte de la historia reciente de la ciencia española. La semana pasada la Fundación Botín reunió a su elenco de investigadores para rendirles un homenaje con la publicación del libro «28 historias de ciencia e innovación biomédica en España». El acto fue mucho más que una presentación de un libro, sirvió para hacer balance de los éxitos y fracasos de la política científica. «La ciencia tiene valor; no es un gasto es una inversión. Ningún país puede aspirar al avance económico sin contribuir al progreso científico y por alguna razón no acaba de percibirlo así, quizá no hemos sabido transmitírselo», se lamentaba Javier Botín, actual presidente de la fundación. En su opinión, el debate de la fuga de cerebros está obsoleto, lo que debería preocuparnos es para qué sirven los que se quedan y hacer ciencia productiva, señaló. Frente a él, Carmen Vela, secretaria de Estado de Investigación, reconoció la incapacidad del Estado para apoyar en solitario la innovación y la necesidad de afianzar en fórmulas de colaboración público-privada. «Sumar fuerzas para avanzar», resumió. Club de inversores En estos más de diez años de recorrido, la fundación ha ayudado a los científicos a proteger legalmente sus ideas, a moverse con facilidad en el laberinto de las patentes y la negociación con empresas o a fundar sus propias compañías. El siguiente paso es crear un club de inversores, para sumar más recursos a los que ya proporciona la Fundación Botín. Se buscan grandes fortunas a las que se les garantizará que su dinero tendrá un objetivo social y será invertido con eficiencia empresarial. Eso sí, a fondo perdido y sin obtener nada a cambio, «salvo la satisfacción de aportar valor a la sociedad», recuerda Sáenz de Miera. La fundación ya cuenta con mecenas interesados para acompañarles en este nuevo viaje.


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