Thursday , 20 September 2018

«La CUP es Thierry»

La vieja Convergència y Esquerra han asumido que «la CUP es Thierry», jefe militar de ETA y quien decidió romper en 2007 la tregua iniciada en 2006. Hasta Arnaldo Otegi, al que los dos partidos independentistas han implorado mediación con los antisistema, ha llegado a confesar: «Ahora que yo me he vuelto socialdemócrata, van estos y se hacen de La Polla Records», en referencia a aquel grupo de música punk y proetarra. Si el PDECat y los republicanos ya coincidían en su estrategia de evitar la repetición electoral, ahora Junts per Catalunya empieza a dar signos de agotamiento y parece estar por fin aterrizando en la realidad. Ha empezado la presión conjunta –aunque no coordinada– a Puigdemont y a Comín para que renuncien a sus escaños. Con ello se asegurarían poder investir en segunda vuelta al presidente que desearan, con más votos a favor que en contra –si la CUP mantuviera su promesa de abstenerse– y forzarían a los anticapitalistas a votar con los socialistas, PP y Ciudadanos si quisieran bombardear las iniciativas del hipotético nuevo Govern. Puigdemont todavía gesticula como si fuera el president y ha convocado el sábado a sus fieles para impulsar –según él mismo ha dicho– un nuevo movimiento político. En el PDECat tienen la sensación de que está simplemente encareciendo el precio de su renuncia, lo mismo que Comín, que está profundamente resentido con Esquerra y, según ha advertido a los convergentes, sólo se plantearía su renuncia a cambio de que le nombraran consejero. Pero la gran pregunta es ¿cómo? Si una cosa ha aprendido el independentismo es el corto recorrido que tiene lo ilegal, y las largas consecuencias penales. En cualquier caso la guerra en la vieja Convergència es intestina y total, entre los fanáticos de Puigdemont y los fieles a Marta Pascal, entre los que quieren gobernar basándose en el principio de realidad, y los que insisten en recrear la fantasía puigdemoniana de la república en el exilio, del president legítim y del bloqueo institucional de Cataluña, en la creencia de que es el camino que lleva a la independencia. El sector de la CUP que manda (en contra de su antiguo líder, David Fernández, gran amigo de y partidario de Otegi, que se manifestó via Twitter en favor de investir a Jordi Sánchez) vive instalado en su versión más punky y quiere reventarlo todo, como Thierry hizo con la tregua de Zapatero; Esquerra quiere normalidad institucional, gobernar para el conjunto de los catalanes, superar la política de los dos bloques enfrentados y ensanchar la base del independentismo; y la vieja Convergència de un lado tiene al «sector negocios» de Junts per Catalunya, que quiere elecciones para arrinconar a Esquerra en un nuevo Govern y arrebatarle las carteras económicamente más jugosas, del otro está Puigdemont con su agónico personalismo que quiere a toda costa mantener con vida –aunque sea mediante respiración asistida– y el sector más posibilista, que sería el de Marta Pascal, que no está dispuesta a permitirle al forajido que se quede con el pastel convergente, y cree que el pragmatismo institucional en Cataluña, aunque sea perfectamente autonómico, es el mejor antídoto contra la irrealidad espectral de Bruselas. En un ambiente tan receloso, tan bronco y crispado, lo normal serían unas nuevas elecciones. Pero en este independentismo tan inestable y descabezado, cada día los partidos recalculan sus fuerzas y su estrategia, o mejor dicho, su táctica, con la que raramente llegan a plantearse algo más que llegar vivos al final de la jornada. Cuatro lunáticos No se sabe si el plazo de la investidura ha empezado a correr, ni si el Tribunal Constitucional tiene algo nuevo que decir al respecto, ni por consiguiente cuándo se celebrarían las nuevas elecciones en el caso de que tuvieran que repetirse. Si contáramos a partir de hoy, serían a mitad de agosto. Pero el drama de Cataluña no es tanto si va a haber elecciones como que, salvo cuatro lunáticos, todo el mundo sabe que la «república catalana» no existe, pero nadie se atreve a decirlo por no ser los que pinchan el globo y comparecen como «los traidores» ante un público antirreflexivo, emocional, visceral, dispuesto a tragarse cualquier mentira a cambio de que nadie les despierte del sueño y les obligue a enfrentarse a la realidad. Han sido muchos años y muchas vidas vividas a través de esta causa. «¿Y qué quieres que digamos, Salvador?», me confesaba ayer uno de los más importantes dirigentes del PDECat, «si nuestros votantes son casi todos como mis tías de Campdevànol, ya menopáusicas, a las que sólo les queda la ilusión de la república».
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