La huella de Zidane en Turín: «Allí aprendí a competir y ganar»

Mes de julio de 1996. Con 24 años y un inicio de carrera marcado por toneladas de calidad pero cero cargas de exigencia, Zinedine Zidane aterriza en Turín. Allí le esperaba el vigente campeón de Europa y máxima potencia mundial del momento. Y también la realidad del fútbol de élite: «En Cannes y en Burdeos fui muy feliz, pero allí no gané nada. Fue en la Juventus cuando por primera vez empecé a sentir la presión, cuando tuve que aprender a competir y, sobre todo, a ganar», recuerda el hoy entrenador del Real Madrid. Gianni Agnelli, patrón entonces de la Juventus, se lo dejó muy claro cuando fue a buscarle: «Ganar no es lo importante, ganar es lo único que cuenta». Zinedine Yizad Zidane nació un 23 de junio de 1972 en Le Castellane, un humilde barrio de calles hostiles situado en la periferia de Marsella y habitado por inmigrantes argelinos y marroquíes. Hasta allí habían llegado en 1962 su padre Smail, pastor, albañil y almacenista, y su madre Malika, ama de casa, tras ocho años en el distrito de Saint-Denis, al norte de París, un lugar poco recomendable para la vida de Djamel, Farid, Nourredine, Lila y Yazid, como se le conoce en el ámbito familiar a Zidane: «La personalidad de mi hijo menor reúne todo lo característico de nuestra familia: la reserva, el entusiasmo, la valentía y la humildad», asegura el progenitor de Zinedine, orgulloso de la educación recibida: «Mis padres nos inculcaron tres cosas: el respeto a los demás, el amor por el trabajo y la seriedad». La felicidad en una pelota En Marsella, Smail y Malika enseñaron a Zidane y a sus hermanos a alejarse de la delincuencia, respetar las raíces argelinas, valorar el esfuerzo familiar y sobrevivir con lo justo. Tanto que en Navidad sólo había un regalo por hijo. Al hoy entrenador del Real Madrid le era suficiente. Él solo tenía ojos para el fútbol: «Era muy feliz con un balón jugando en la calle. No tenía obligaciones, solo darle patadas a una pelota. En vez de visitar a un amigo o ir al cine, lo único que me hacía era jugar al fútbol». Zidane creció enamorado del Olympique comandado por Francescoli, a la vez que su vida dejaba de lado el judo, donde llegó a ser cinturón verde, para centrarse en el fútbol. Sus primeros pasos fueron el AS Forresta y el St. Terry, dos equipos de barrio y a los 13 años Jean Varraud le fichó para el AS Cannes. Fue su primera experiencia fuera de casa y eso le costó noches de lágrimas, pero también sus primera alegrías: «A veces me motivaban con regalos como ropa o hasta un coche. Recuerdo que mi primera prima la usé para comprar unos Levis 501 y el resto lo mandé a casa». Zidane debuta en la Ligue 1 con solo 16 años y tras tres temporadas ficha en 1992 por el Girondins. En Burdeos jugó cuatro campañas y conquistó una Copa Intertoto, un torneo bastante menor. Es ahí cuando apareció la Juventus, para cambiar por completo la carrera de Zidane: «Yo nunca había ganado nada y llegué a un club que quería ganar hasta en los entrenamientos». Pero no solo eso. En Turín, también supo lo que era exprimir su cuerpo hasta la extenuación. Zidane se dio de bruces con un tipo de fútbol que nunca había probado: «Aprendió a entrenarse con dolor. Le faltaba trabajar el físico», detalla Didier Deschamps, su cicerone en la Juventus. «Al principio tuvo dificultades, pero le ayudé, le protegí y le cuidé», recuerda Lippi. El técnico de la Juventus no estaba convencido del fichaje de Zidane. No consideraba su talento suficiente razón para darle un plus de calidad a la Juventus, pero Gianni Agnelli le convenció de lo contrario y Lippi hizo de Zidane un futbolista más solidario, trabajador y con mayor disciplina, cualidades que complementaron su incuestionable calidad: «Las pretemporadas se convirtieron en una obsesión para mí. Me daban pánico. Pensar que durante tres semanas ibas a sufrir… porque era eso, sufrir. Nunca conseguía recuperar del todo, siempre jugaba el partido con dolor», rememora Zidane, agradecido también a Lippi: «Siempre confió en mí. Me hizo sentir importante y me enseñó cosas que no sabía, como gestionar mis esfuerzos». Zidane jugó en la Juventus hasta 2001, siendo sus dos primeras temporadas las de mayor lustre. Ganó dos Scudettos, una Supercopa de Italia, una de Europa y una Copa Intercontinental. Junto a Del Piero, Inzaghi, Boksic, Davids, Conte, Jugovic, Vieri o Montero hicieron del equipo turinés el más potente de la época, y Zidane explota hasta cotas impensables: «En mis dos primeras temporada encontré regularidad y constancia, y alcancé el nivel de juego más alto de mi carrera». Obras maestras El francés firma partidos que dan la vuelta al mundo y goles que hoy provocarían récords de visitas en YouTube, como ante el Ajax en Champions o frente a la Reggina en la Serie A: «Es el mejor futbolista con el que he jugado. Imaginativo y diferente, era un elegido, un fuera de serie. A la misma altura que Messi», recuerda Tacchinardi, leyenda de la Juventus. En lo personal, Zidane y su mujer Véronique también disfrutan. A Enzo se le une Luca, el segundo de los cuatro hijos del matrimonio, y la familia vive tranquila en una colina, junto a la lujosa mansión de Giani Agnelli, alejada del bullicio del centro. Solo se les ve hacer vida social en Da Angelino, el restaurante de culto de los juventinos, en el 59 de la calle Moncalieri, a la vera del río Po. Allí, Zidane tiene su propio plato: «Rigattone al pomodoro». La lubina es otra de sus elecciones habituales y entabla una gran amistad con Roberto Falvo, uno de los cocineros e hijo de Rita y Angelino, los dueños. Tanta que hasta lo coloca como cocinero de la selección francesa entre 2000 y 2005. Pero la felicidad no es completa. Zidane y la Juventus pierden dos Champions de manera consecutiva, ante el Borussia Dortmund y el Real Madrid: «Es el peor recuerdo de mi carrera. En 1996 perdí la final de la UEFA con el Girondins y en 1997 y 1998 las de Champions con la Juventus. Pensé que era gafe». El Mundial con Francia y el Balón de Oro, ganado por 244 votos, muy por encima de Suker (68) y Ronaldo Nazario (66), consuelan sus penas continentales, pero ya nada sería igual. Los contrarios acosan a Zidane con marcajes al hombre y juego brusco, su fútbol decae, el equipo no gana títulos, Lippi es despedido y su mujer comienza a cansarse de Turín, a la que considera una ciudad gris y fría, donde sus hijos pasan más tiempo enfermos que sanos: «Me gustaría tener a Zidane hasta el final de su carrera pero Véronique es la que manda y yo no puedo hacer nada al respecto», explicaba Gianni Agnelli meses antes de su marcha. La oferta del Madrid iguala sus emolumentos en la Juventus, pero Zidane fue educado para dejar el dinero en un lugar secundario. Mandaba su familia, y esta quería abandonar el plomizo cielo de Turín por el sol y el buen tiempo de la capital de España. Y así fue en el verano de 2001. 72 millones de euros convertían a Zidane en el fichaje más caro de la historia: «Soy una persona muy discreta así que me haré pequeñito. Lo importante es ser grande en el campo», aseguró el día su presentación. Acaba así la etapa de Zidane en la Juventus, el club que le enseñó a ganar.
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