La sombra de Schwarzenegger tapa al resto de estrellas del festival

El edificio del Kursaal, el corazón del Festival de San Sebastián, fue proyectado por el arquitecto Rafael Moneo con el lema «Dos rocas varadas». Con la misma forma que cualquiera de las miles de piedras artificiales que hacen de rompeolas en la costa donostiarra, el Kursaal parece hecho a la medida de los gigantes. Y es que la 65 edición del festival ha estado dominada hasta ahora por dos de ellos: el enorme protagonista de «Handia» y Arnold Schwarzenegger, que ayer se llevó todas las atenciones de la ciudad. El exgobernador de California fue recibido por cientos de personas que le esperaban en las puertas del María Cristina pese a la lluvia incesante. Todos querían ver de cerca al más popular de los nombres que pasearán por aquí. Su casi 1,90 de altura, su musculado cuerpo, su desparpajo de estrella de Hollywood y sus 70 años, que no aparenta, no defraudaron a nadie. El actor llegó al Festival para hablar de su último proyecto, un documental titulado «Wonders of the Sea» con el que quiere concienciar sobre la necesidad de proteger los océanos. A diferencia del de Al Gore, su filme, que está en la Sección Oficial, no busca culpables. «No queremos hacer sentir a nadie mal. Quiero que la gente se enamore del fondo del mar, porque cuando te enamoras de algo lo proteges», defendió el cineasta, aquí convertido en productor y narrador. También, a diferencia del exvicepresidente de EE.UU., Arnold apuesta por no politizar el medio ambiente: «No hay un aire republicano o demócrata, todos respiramos el mismo. Los políticos te hacen creer que el medio ambiente es una cuestión política, pero no es así». En un encuentro con los medios, el protagonista de filmes de acción como «Terminator» o «Desafío total» reconoció que jamás soñó con las cosas que le han sucedido a lo largo de su vida. Por supuesto, no con presentar un documental ecologista en un festival como Zinemaldia. «Cuando era joven, tenía una visión muy clara: ser el mejor culturista, ser el campeón. Después vinieron las películas gracias a un tipo como Reg Park, un culturista al que admiraba y que parecía Hércules. Como él hizo películas, yo quería hacer lo mismo. Y esos eran mis sueños, el culturismo y hacer películas. Bueno, y hacerme rico y famoso», comentó relajado. «Luego fui creciendo como persona, maduré, y me empecé a preguntar qué podía hacer con esta fama. Y desarrollé programas escolares, de fitness… Y de pronto un día me llamaban gobernador. Fue milagroso», explicó acelerado, disparando palabras al ritmo que lo hacían las armas que tantas veces ha empuñado en pantalla. Claro que no todo ha sido acción. No en su última etapa, con cintas como «Maggie», donde ha alcanzado una profundidad interpretativa que antes, a golpe de puñetazo, no podía ni rozar. «Ahora tengo 70 años y otras cosas se han vuelto importantes en mi vida. Cuando ves las cosas que yo viví como Gobernador, con un terremoto muy grave en California, tu alma se vuelve más sensible. También porque te haces más viejo y ya no entierras tus emociones. Además, ahora me ofrecen guiones que no me hubieran ofrecido hace 30 años. Si hace 30 años hubiera ofrecido este guión me hubieran dicho: ‘¿dónde está la acción? Tú eres Arnold, ganamos mucho dinero cuando matas a 50 personas en una película, y Stallone va a matar a cien personas en su próxima película». El público, con lo español Si alguien le restó un ápice de protagonismo a Arnold fue Julia Salmerón. Así, en una primera lectura, su nombre no dice nada. Pero esta mujer, a sus 82 años, ha debutado como actriz en la película de su hijo, el madrileño Gustavo Salmerón, y se ha llevado el cariño del público. Su historia vital se resume en el título de su documental, «Muchos hijos, un mono y un castillo», los objetivos que tenía en la vida cuando era joven y que terminó por cumplir. El otro nombre del día fue Karra Elejalde. Aunque no es un gigante, sabe lo que es mirar desde arriba. Al menos desde lo alto de la taquilla. Ayer, el protagonista de «8 apellidos vascos» presentaba «Operación Concha» en el velódromo, un espacio donde entran casi 3.000 personas. «Con esta película, la gente podrá conocer las miserias de la profesión, las cosas que no se ven», dijo a ABC para explicar una comedia que se desarrolla en la 64 edición del propio certamen. Jordi Mollá, sentado junto a él, apostillaba: «También verán la parte más humana de los actores».
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