Saturday , 16 December 2017
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La última batalla

El Gobierno tendría que valorar con frialdad la eficacia que podría tener aplicando el artículo 155: no sólo poniéndolo en marcha, sino en la labor concreta de hacer efectiva cada medida, cada multa, cada detención; y en el deber de sofocar cada huelga, cada disturbio. Cuando uno manda los tanques tiene que contar con que algunos locos se pondrán delante y tiene que –porque si no es un farol mandarlos– estar dispuesto a pasarles por encima. Tras el estrepitoso fracaso del primero de octubre, en que no fue capaz de interceptar las urnas ni de mantener los colegios electorales cerrados ni de evitar que la votación tuviera lugar –por mucho que no pueda ser considerada un refrendo– el Gobierno y los que le reclaman su actuación más drástica tendrían que considerar seriamente las probabilidades reales de éxito y reflexionar sobre el margen que el mundo entero y ellos mismos tienen para aguantar las más duras imágenes, que sin duda se producirán si el choque es efectivo. Tal como el 1-O pudimos ver que cada vez que corría la noticia de una carga, más gente acudía a los colegios para protegerlos; para detener a Puigdemont o a Junqueras, las fuerzas y cuerpos de seguridad encargados de hacerlo tendrán que enfrentarse a miles de catalanes que irán a defenderles y a varios miles –entre cinco y siete– de agentes de Mossos d’Esquadra que si el Estado asume su mando se declararán en rebeldía y guardarán lealtad al presidente de la Generalitat. España podría tener su Vietnam en Cataluña y no hacen falta millones para desatarlo. Con cien mil hiperventilados basta para sembrar el caos y el independentismo los tiene. Siendo indiscutible que la legalidad, la legitimidad, el derecho a defenderse y hasta el más elemental sentido común están de parte del Gobierno y del Estado; y siendo igualmente evidente que Puigdemont y la CUP no han dejado de querer lo que querían, si abrir un periodo de diálogo sirve para ganar tiempo y bajar la temperatura no tendría que despreciarse como opción aunque sólo sea porque si España pierde la próxima batalla –como perdió el 9 de noviembre y el 1 de octubre– será la última.
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