Sunday , 17 December 2017
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Marina Núñez: «Los guiones de la ciencia-ficción me resultan retrógrados»

Estaba faltando una exposición como esta en Madrid, la ciudad en la que Marina Núñez (Palencia, 1966) se dio a conocer, pero en la que ha expuesto solo puntualmente en galerías como Buades o Salvador Díaz. Sin embargo, sus grandes proyectos se han desarrollado en espacios en otras provincias, como el MUSAC (2009), el Centro del Carmen (2010) o el Patio Herreriano (2012). «El fuego de la visión» enmienda el error y nos reúne con una Marina Núñez en estado puro. La muestra recalará después en Artium, un museo por el que la autora siente un cariño especial, ya que fue el primero que le compró obra. –El comisario habla del «notable grado de madurez» que ha adquirido en dos décadas. ¿En qué lo nota? –Hace 20 años estaba empezando. Sabía de qué quería hablar, pero aún estaba estableciendo un universo formal. Lo que ocurre es que con el tiempo te das cuenta de que aunque tenías la sensación de variar de temas, iconografías y técnicas, ni la formalización, ni los contenidos que tratas son tantos. –Uno no puede escapar de lo que quiere contar. –Ni de cómo lo cuenta. Yo he cambiado mucho de técnica, de la pintura a los vídeos en 3-D, aunque siga pintando. Pero la forma de representar no varía tanto. Hay una preferencia, por ejemplo, por los fondos negros y las figuras aisladas. Los escorzos también se mantienen. –¿Cómo define «El fuego de la visión»? –El comisario define mejor que yo la idea de fuego como pasión y la de mirada como percepción. Y en lo que coincidimos, y de eso habla la obra más reciente, es en que la mirada artística lanza una perspectiva distinta del mundo, de forma que crea una imagen nueva del mismo. La percepción se trastoca. En mis últimos vídeos, de forma literal, de las retinas de los ojos que los protagonizan surgen formas orgánicas nuevas, tal vez inquietantes, pues si algo tienen lo novedoso es que no es rígido. En ese sentido, puede asustar. –Las llamadas a la metamorfosis, la hibridación, la monstruosidad o la deformación no le son ajenos. Estoy en contra de la creencia de que las ideas nuevas tengan que representarse con medios nuevos –Siempre represento cuerpos anómalos, no canónicos. Para mí, son correlatos de la identidad. Me sorprende cómo esto mismo lo trata la ciencia-ficción actual, que tiende a ser muy inquietante y especulativa desde el punto de vista formal, pero acompañada de una narrativa muy retrógrada. Generalmente, las representaciones más vanguardistas no responden a guiones también actuales. En el mundo del arte no sucede así. Aquí, cuando se representan cuerpos anómalos, estos hacen referencia a identidades no normativas que pueden ser alternativas. En mi obra, una de las constantes es la idea de un cuerpo metamórfico porque escapa de la rigidez de lo establecido. –En el trabajo hay también siempre un contenido de género y una lectura feminista. –Hay piezas antiguas en la cita en las que esos conceptos se ven de una manera más evidente. Luego, de forma progresiva, se diluyen iconograficamente, pero siempre ha estado presente la idea anticanónica en la que el feminismo fue fundamental. La creencia de que el hombre universal era un sujeto blanco, heterosexual, de clase media-alta, masculino y de cierta ideología, las primeras que lo formularon fueron las feministas. –¿Que otros temas fluyen por la exposición y son fundamentales en su ideario? –La dinámica científica «frankensteiniana». Cierta dinámica de ensayo y error. Una mirada a seres mutantes que son, en el fondo, pruebas fallidas. Por otro lado, siempre está presente el tema de la multiplicidad, de los seres humanos menos encorsetados capaces de albergar muchos «yoes». Un ser capaz de explorar muchos roles y no esconderse tras una sola máscara. También me interesa el tema de la conexión con el entorno, del ser humano para el que la piel no es una camisa de fuerza, sino un límite poroso y fluido. –Hizo alusión antes a la ciencia-ficción. Usted es una gran consumidora. ¿Más del cine o de la literatura? –Ambos, pero mucho más novelas. No obstante, no son las que leo hoy. Fui lectora compulsiva pero amplié el abanico con otros géneros, como la novela negra y el terror. Me atrajeron mucho los clásicos, Asimov, pero los temas se me quedan antiguos. Sin embargo, autores como Octavia E. Butler y Greg Bear sí que me han conquistado. –En el catálogo hay un texto de su autoría. ¿Funciona como declaración de intenciones? –Eso ha sido algo que el comisario tenía claro: que el artista tome la palabra. Lo paradójico es que no es lo habitual. Me resistí a escribir porque no me siento competente. Pero al final salió. Y lo que he querido transmitir es algo que me preocupa y que es la integración del lado oscuro que hay en cada uno de nosotros. Rechazarlo provoca personas fracturadas. –La muestra se caracteriza por la pluralidad de técnicas. ¿No es incompatible hablar de «cyborgs» y lienzos? No sé si mi proceder es de pintora o lo entiendo todo en clave de imágenes planas –En absoluto. Estoy en contra de la creencia de que las ideas nuevas tengan que representarse con medios nuevos. Es cierto que determinadas técnicas acompañan mejor a ciertos contenidos. La pintura es una disciplina muy establecida con su propia carga de connotaciones. Pero todo se puede volver a utilizar de otra manera. No creo en que algo hecho en un nuevo medio por definición es moderno. Y luego tienes a autores que con un dibujo son capaces de representar cuestiones revolucionarias. Aunque a mí me hipnotice el ordenador, siempre me ha llamado la atención representar ciencia-ficción en un medio relacionado con lo antiguo. –Antes mencionó «la pintura que consumo», no «el arte que consumo». ¿Su mirada es la de una pintora? –La verdad es que sí. Y también miro el cine con esos ojos. En el fondo, no sé si mi proceder es de pintora o en clave de imágenes. Y me refiero a imágenes bidimensionales. No soy nada escultora. Lo que ocurre es que puedo manejar muy bien el «software» en 3-D porque el resultado lo planteo siempre como una sucesión de imágenes. –Madrid la dio a conocer, pero poco habíamos visto su trabajo en esta ciudad. ¿Era necesaria esta muestra? –Es cierto que he expuesto aquí en espacios buenos como la galería Buades o Salvador Díaz, con un formato muy de museo, pero no había celebrado una exposición grande. Eso supone que grandes piezas que se produjeron para otros espacios no se hayan visto. Agradezco, además de la oportunidad de mostrar tanta obra, el hacerlo en un espacio tan singular. Los cubos blancos son estupendos para mostrar la obra de manera perfecta, pero a mí me interesan más las arquitecturas poderosas. Me gusta el reto de acompañar un espacio sin discutir con él. Y me ha agradado mucho despejar este, dejarlo diáfano. –¿Cree que su generación ha sido valorada como se merece? –Sí. A la gente que comenzamos en los noventa se nos ha prestado mucha atención. Tengo la sensación de que a los artistas posteriores se les hace menos caso. No es hasta mi generación que se empieza a valorar a las mujeres artistas de igual a igual con nuestros compañeros. Hemos sido muy valorados, pero es que hemos sido muy buenos, en un momento de transición en el que se empezaron a usar modos e ideas novedosas.


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