Marty Byrde merece una oportunidad

Ozark (Netflix) es una de esas series que se ve en tensión. No tanto por la trama como por las ganas de dejar de verla. Normalmente se abandonan, pero Ozark tiene algo que hace continuar, y resistir sería un consejo para el que la iniciara. El resultado final merece la pena y por eso ya ha sido confirmada la segunda temporada. «Sé cuando algo es una mierda y esto no lo es», dijo Jason Bateman sobre la serie. El actor de comedia («Arrested Development») es el origen del proyecto. Quería con ello aumentar su registro y dar el salto a la dirección. El resultado es sorprendente y los mejores episodios son los que él dirige. Sobre todo el primero, una hora inicial llena de ritmo y por momentos impactante. El primer episodio es tan bueno que luego hay una decepción grande. Hay que superarla. Jason Bateman está bien como director y correcto en el papel de hombre paradójico y un poco inverosímil: legal en apariencia, esconde por detrás tratos con la mafia. La contradicción se resuelve porque él tiene un código: la familia. Todo por la familia, pero sin la familia e incluso contra la familia. Por esto la serie ha sido comparada con «Breaking Bad», aunque no explota más el parecido. No hay droga, no hay consumo, no hay pasión criminal. Esto define a Ozark: es un poco muchas cosas, sin decidirse a ser del todo. Marty Byrde (Bateman) no da el giro diabólico de WaLter White. Tampoco la mafia está contada igual. El mafioso mexicano (y este es uno de los problemas de la serie) es un arquetipo. Resulta casi cómico en su papel de moralista sádico, cuentacuentos con aspecto de abogado follador. No hay esa fascinación por la fauna «cartelera» de mariachis destrozados de Breakig Bad. El primer episodio es tan bueno que luego hay una decepción grande.Marty (Bateman) es otro tipo de criminal. Es del tipo contable. Aquí se ve la mano del creador de la serie, Bill Dubuque, que ya escribió «The accountant» («El Contable», con Ben Affleck). El señor de los números como nuevo espía, como nuevo personaje entre lo legal e ilegal, dentro y fuera. Como si el mundo actual hubiera convertido en decisiva e incluso en atractiva la figura del asesor financiero. Antes era un personaje secundario, sin ningún atributo relevante, más bien risible. Gordo, solitario y codicioso. Ahora es la persona intrépida y experta, dueño de una ciencia ignota y complejísima, que se mueve entre la mafia y el Estado, entre el crimen y el abuso fiscal. Byrde tiene una habilidad no del todo explicada, casi prodigiosa. Es bueno con los números, rápido, un hombre de recursos mentales. En eso se parece también a Walter White: tiene el poder de los empollones, de los cerebros socialmente sometidos, y una especie de sumisión o devoción mártir hacia su mujer. No es italiano, ni hispano, conserva algo íntegro y no sexual. Bateman está bien. Aporta una flema tocada con gestos mínimos de comedia y es la mujer (Laura Linney) la que desarrolla el potencial dramático de la pareja. La esposa Wendy (Linney) sigue el recorrido inverso a la esposa de Breaking Bad. Al inicio resulta un personaje desagradable, incomprensible que luego va redimiéndose. En esto opera el truco de los flashbacks. Pasada la mitad de la primera temporada, aparece un pedazo de historia que da sentido. Su personaje se completa, se redondea. Por eso, entre otras cosas, hay que esperar. Es un hallazgo el hijo (Skylar Gaertner). Es el habitual niño extraño, problemático, magnético, entre la superdotación y la inadaptación, que llena de problemas la vida del mafioso/protagonista. Un poco como en Los Soprano. El niño con problemas que hace tambalear de sentido la vida del criminal-familiar. El mafioso edifica un sistema moral sobre la familia, lo justifica todo así, pero luego mira dentro de casa y el primogénito ofrece pocas garantías. Otras veces, es el niño el que paga la culpa de los delitos del padre y él lo sabe. Hay algo de inutilidad y culpa. Para abrir este curso dramático típico, el joven actor está muy bien. La serie es fría, con momentos de belleza que se recuerdan pasados los días La serie mejora y se hace más compleja en las relaciones familiares. No tanto en el pretendido contraste de trasladar una familia de Chicago a los Ozarks de Missouri. Este contraste urbano-rural no se explota del todo. Funciona el paisaje, en algunos momentos protagonista, pero la historia cae en un surtido de clichés sobre los rednecks. Son estereotipos habituales, pero sin fascinación. Sin fuerza. Casi vergonzantes: rednecks genios, rednecks que leen novelas… Solo en la familia de plantadores de opio, la mafia local, hay algo oscuro y lo suficientemente siniestro como para resultar atractivo. Algo entre faulkneriano y bíblico en el habla. Al final de la serie la mujer protagonizará (si lo digo hago un spoiler feo) un acto que funciona como venganza redneck, divertida voladura del guión y un momento alocado casi casi tarantiniano que tiene hasta una resonancia política. Pero de nuevo, sucede al final. También es un estereotipo el detective del FBI, un personaje obsesivo, justiciero y homosexual en la tradición hooveriana. La novedad es que es abiertamente gay, pero da igual porque conserva lo escabroso y torturado. La explicación familiar de esta obsesión (se verá al final) es absolutamente ridícula. La serie tiene problemas además de los clichés. El escaso relieve psíquico de algunos personajes es uno. Tampoco hay una violencia atractiva, y los personajes toman siempre decisiones equivocadas, como si el deux ex machina adoptara la forma sucesiva de la estupidez en unos habitantes de los Ozarks convertidos en caricaturas. El mejor de todos es el personaje moribundo que vive en el sotano de la casa familiar. Es como un Alf anciano que entra y sale a merced de los guionistas. Es tan previsible que el espectador experto casi puede anunciar el momento exacto de su aparición. El personaje tiene gracia porque se ríe de los padres liberales. La serie es fría, azulada, con momentos de belleza que se recuerdan pasados los días. Como algo no enteramente conseguido, ni del todo grato, que sin embargo sobrevive.
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