Ni siquiera este Barça es perfecto

La marcha de Nuno y el cambio de entrenador en el Valencia aumentan las precauciones del Barcelona en un campo históricamente complicado para el conjunto azulgrana, aunque acumula ya ocho temporadas sin conocer allí la derrota. El pasado año volvía a sufrír para sumar los tres puntos en el último minuto gracias a un gol salvador de Sergio Busquets. «Todo el seguimiento que habíamos hecho del equipo ahora nos genera dudas, pero plantearemos el partido más o menos del mismo momento», afirmaba este viernes Luis Enrique en rueda de prensa. Con diez bajas y Voro en el banquillo de manera provisional hasta que Gary Neville tome las riendas, el conjunto de Mestalla ve en la visita del líder un estímulo más para comenzar a cerrar la crisis, lo que le convierte en un enemigo aún más peligroso. «Es un equipo que particularmente me gusta y que está lleno de jugadores jóvenes de calidad», advertía Luis Enrique, que hoy volverá a juntar a su tridente después del descanso concecido en Copa. Ayer solo tenía halagos para Messi, Suárez y Neymar, al que definió como «el mejor tridente de la historia del Barcelona, y me atrevería a decir que de la historia del fútbol». El líder, con la baja del exvalencianista Mathieu, afronta el duelo con su equipo de gala y en su mejor momento de la temporada después de haber encadenado diez victorias en sus últimos once partidos oficiales. No sólo firma triunfos, sino que las acompaña de goleadas, como así ha ocurrido en los últimos cuatro partidos (Real Madrid, 0-4; Roma, 6-1; Real Sociedad, 4-0; y Villanovense, 6-1). El Valencia, inmerso en una fase de transición entre su último técnico, Nuno Espirito Santo, y el nuevo entrenador, Gary Neville, quiere comenzar a recuperar sensaciones con una victoria ante un Barcelona intratable. Un triunfo que reforzaría la autoestima de un equipo que esta noche cuenta con una decena de bajas. Mientras Javi Fuego y Joao Cancelo se pierden el choque por sanción, la lista de ausencias por lesión cuenta con Diego Alves, Mustafi, Orban, Barragán, André Gomes, Feghouli, Negredo y Rodrigo. O’Retorno es un aparente bar cualquiera de la calle Urgel de Barcelona. Nada en él no llama la atención desde la calle, ni parece que nada especial tenga que suceder en su interior. Pero si por casualidad alguien decide entrar en el tabuco, cruzar la larga barra y pedir mesa, se encontrará, a un precio irrisorio, por no decir que ridículo, con un inconmensurable pulpo a la gallega, sabroso y delicado, con un lacón memorable y unos pimientos del Padrón de difícil superación. Los torreznos, bien cortados, en su textura exacta y en su mejor intensidad. Las gambas, las cigalas, las almejas o las navajas son dignas de marisquerías de 200 euros por persona, con sus servilletas de hilo y todas sus demás comodidades. Es lo mismo que sucede con los chicos del Barça, todos tatuados, con peinados inverosímiles, una sutileza de trolebús y un gusto por el pendiente y la prenda equivocada perfectamente comparable al tipo de chico que tanto nos disgustaría, a mi esposa y a mí, que un día la niña nos trajera a casa. Pero ahí están, Messi, Suárez, Bravo o Neymar, con su horterada mitad macarra, mitad de hambre atrasada; ahí están con sus autos que revelan lo muy abajo de donde vienen y que han ganado mucho dinero, y muy rápido; ahí están haciendo con el fútbol lo que O’Retorno hace con el pulpo; ahí están elevados a ídolos de todos los tiempos por mucho que si no les conocieras de nada, cambiarías de acera al cruzártelos por la calle. El lamentable estado del Valencia equipo, sin entrenador y con diez bajas, contrastaba con la magnífica moqueta verde que presentaba Mestalla. De hierba muy alta y tupida, eso sí. Pitar a Piqué se ha convertido en un ritual que distingue al jugador y le motiva, de modo que sus odiadores tendrían que replantearse su estrategia. Inicio tontorrón del partido, voluntarista e impreciso, con un nerviosismo que correspondía al Valencia y al que el Barcelona se dejó absurdamente arrastrar. Pese a todo, en el 4 y medio, primer aviso azulgrana, con centro de Neymar y remate virguero de Messi, que se fue alto por muy poco. En el 5 y medio, segundo aviso visitante, de Neymar, que también chutó alto. El Barça empezaba a sentirse superior pero estos partidos hay que rematarlos y de momento los de Luis Enrique remataban mal. Cuando no aprovechas tus momentos de vendaval, te vuelves vulnerable cuando bajas la tensión y el contrario empieza a acorralarte. Y por mal que esté el equipo, Mestalla es uno de los campos más inexpugnables, y de hecho el Valencia no perdía desde el 30 de noviembre del año pasado, precisamente contra el Barcelona, con gol agónico de Busquets en el minuto 93. El partido se rompió en el minuto 20, y cayó en su fase de vulgar imprecisión. El Valencia se apoderaba del terreno que el Barça cedía y empezaba a hacerse con el control del partido, aunque sin ninguna profundidad que pudiera inquietar a los visitantes. Tercer aviso de Messi en el 26. Neymar tuvo una madre en Rubén Vezo, su marcador. Los azulgrana veían el partido claro pero no acertaban en resolverlo, y eso les daba una rabia que les conducía al ofuscamiento, especialmente a Messi y a Neymar. A la media hora, Suárez falló dos seguidas, y también él empezó a ofuscarse. Al Barça le faltaba continuidad y se aburría de su propia falta de ritmo. Justo antes de llegar a la media parte, el público cantó «…que viva España», supongo que para animar al Valencia, en una torpeza más de la muchedumbre amontonada. La segunda parte con más silbidos para Piqué, e igual de vulgarona que la primera. Atribuir la lentitud del juego del Barça al césped tan tupido y alto sería un exceso, pero algo parecía influir. La desesperación se iba paulatinamente apoderando de los jugadores y del banquillo del Barcelona, que empezaba a asistir con angustia al infructuoso paso del tiempo. Nervios, piques, protestas, interrupciones que el Valencia administraba con picardía para desquiciar al rival y hacerle caer en la precipitación. El público empezó a cantar: «Hacienda somos todos, Messi paga ya», increpando al que el año pasado fue el primer contribuyente de España. Tanta mediocridad en el campo como en la grada hasta que en el 58 Suárez en carrera heroica consiguió batir por alto al portero Jaume. El Barça rebajaba su angustia y Suárez le hacía a la grada el gesto de que se callara. Racha de 8 partidos del uruguayo marcando. Y cuando ya parecía que el Barcelona iba a ganar un partido más, muy bien Alcásser en el 85, habilitó a Santi Mina para que empatara de un potente disparo. Meritorio resultado de un equipo desahuciado ante un Barça con su once de gala. Y bien, poco puede decirse que no sea que mi siquiera este Barça es perfecto y tiene, como todos, días tontos y mala suerte.


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