Tuesday , 25 September 2018

Nuevas amenazas, nuevas respuestas

Hasta no hace mucho, si un grupo terrorista quería cometer un acto de sabotaje contra el ferrocarril, debía procurarse los explosivos, lograr colocarlos en un lugar determinado y arriesgarse a ser detectados y detenidos por las fuerzas de seguridad. Ahora, cualquier persona anónima puede utilizar su teléfono móvil para difundir a través de las redes sociales informaciones falsas y maliciosas que podrían tener el mismo efecto perverso, o incluso peor. Desde regiones ignotas se pueden teledirigir drones con intenciones criminales o manipular ordenadores para desbaratar el recuento de unas elecciones. El mundo globalizado en el que vivimos y cuya vertiginosa transformación seguramente nos reserva todavía novedades inesperadas, se ha convertido en un lugar maravilloso por los avances que hemos conocido, pero al mismo tiempo es inquietantemente susceptible de esconder peligros que ni siquiera imaginamos. Está claro que las guerras del futuro ya no tendrán tanto que ver con las batallas entre soldados sobre el terreno, sino con la capacidad de dañar al adversario paralizando sus infraestructuras económicas y energéticas o sembrando la confusión y la desconfianza entre sus ciudadanos. Por supuesto que sigue siendo necesaria una componente convencional de la Defensa Nacional, pero sería ilusorio ignorar lo que ha sucedido, sin ir más lejos en torno a la conspiración de los grupos secesionistas catalanes para darse cuenta de que cuando se habla de la defensa de la unidad nacional, la verdadera amenaza se esconde bajo esa cortina de humo del mundo digital, tras la que las peores maniobras pueden incluso autojustificarse como «pacíficas», cuando son igual de dañinas que los crímenes violentos. El régimen de Vladímir Putin, tan poco amigo de la libertad y la estabilidad de los europeos, no ignora que existen este tipo de tecnologías «sucias» y sabe utilizarlas sin correr riesgos. Solo con la mera amenaza ha logrado ya sembrar la desconfianza respecto al buen funcionamiento de los procesos electorales, algo que en Europa nadie había logrado con bombas. La creación de una gran unidad específica para defender al Estado de este tipo de nuevas amenazas, que anunciamos en ABC, es una necesidad imperiosa para nuestro país. Aunque llega tarde porque los enemigos de nuestra libertad y estabilidad hace tiempo que están conspirando a toda velocidad, se puede considerar un gran acierto. Solo falta que el Gobierno dote a este proyecto de la capacidad financiera adecuada para que pueda estar a la altura de sus objetivos más ambiciosos. No se trata de una cuestión banal, de una nueva moda tecnológica, sino del principal factor de riesgo del que debemos defendernos en la actualidad.
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