Pedro no falla

Los pozos a veces se secan. Hace ya más de diez años que el hombre no acierta y es probable que su obra, tan fosforescente, envejezca mal. Pero aun así sería absurdo subestimar el arte del joven Pedro Almodóvar y su inmenso mérito. Un chaval de familia humilde, salido de un pueblo de La Mancha, hoy goza del aplauso del mundo y de dos Oscar en su sala de estar. Una proeza así no está al alcance de cualquiera. Se requiere un talento y un tesón muy especial. Almodóvar -el joven, no el santón de 67 años que trasluce un inexplicable amargor- inventó una forma de mirar desprejuiciada, pop y llena de humor. Tenía un oído prodigioso para captar la voz y el alma femeninas y parecía poseer hilo directo con el palpitar de la calle, incluidas sus arterias subterráneas. Después se hizo famoso y mayor, y su don se perdió por el camino. Tal vez de ahí mane su irritación. Almodóvar ha trabajado mucho con Banderas. Pero hay algo que los convierte en antagónicos. El actor siempre habla bien de su nación, vaya donde vaya; en Hollywood, en la Inglaterra donde ahora estudia moda, en sus procesiones malagueñas… Por el contrario, el director siempre despotrica de su país. Pedro no falla. Basta ponerle un micro en boca para que se lance a rajar contra España y los españoles. «El País» ha tenido la bonita idea de reunir a los directores que aspiran a los Goya. Pero aquello parecía un inventario de excusas. Venían a decir que si sus películas no triunfan al nivel de su indiscutible calidad, se debe solamente al pérfido Gobierno mariano y a la burramia general del público español, cuyo paladar embotado no sabe valorar el exquisito néctar de tan egregios creadores. Huelga decir que el más quejumbroso era nuestro Pedro, que llegaba a proclamar que los españoles han cambiado de gustos, «pero para mal». ¿Se ha atrofiado la sensibilidad del público o se habrá apagado la chispa almodovariana? Es evidente que la España de hoy resulta un entorno crudelísimo, que pone las cosas muy difíciles a la actual cosecha de colosos de nuestro cine. No tienen las ventajas de Luis Buñuel, que inició su obra en la riquísima España de los años treinta, en la que no había ni un analfabeto y donde los labriegos declamaban a Petrarca y los marineros leían en griego las andanzas de Ulises. Los directores de hoy no navegan con el viento de cola, como Buñuel, que tuvo la suerte de tener que marcharse al exilio y luego buscarse la vida saltando por EE.UU. y México. O la fortuna de Luis Berlanga, que primero se tragó un formativo paso por la División Azul y luego hubo de construir su carrera regateando a la censura franquista. Buñuel y Berlanga son dos cimas del cine español. Pero claro, lo tenían a huevo. No existían las subvenciones ministeriales, ni el dinero de las productoras televisivas, ni la inmensa abundancia de actores y medios tecnológicos de la España de hoy. En aquellos tiempos triunfar en el cine estaba tirado. Pero ahora, en una España que es uno de los veinte países más ricos del mundo, con las películas subvencionadas, con un público que entre vídeos, internet y salas ve más títulos que nunca… Conclusión: si a Almódovar le sale un pestiño, la culpa es de Montoro.
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