Víctor Manuelle: isabelino con mucho orgullo


Isabela – Haber crecido en un barrio, en el sector California de Isabela, es motivo de orgullo para el sonero y compositor puertorriqueño Víctor Manuelle, quien ganara dos premios durante la décinovena entrega de los Latin Grammy, celebrados el pasado 15 de noviembre, en Las Vegas.

Ganó por partida doble, en la categoría de Mejor canción tropical por “Quiero tiempo”, que interpreta con Juan Luis Guerra y que compuso junto a Juan Carlos Luces y Juan Luis Guerra; y el otro Grammy fue por Mejor álbum de salsa por “25/7”. Estos son los primeros Latin Grammy de su trayectoria.

Recientemente visitamos junto al eterno “Sonero de la Juventud”, el lugar donde se crio, donde jugó baloncesto, donde soñó ser artista; la pescadería donde trabajaba su papá y hasta la plaza donde se cayó de un árbol y se fracturó un brazo, cuando era pequeño. Estaba feliz y emocionado, pues iba a compartir todas esas anécdotas, para la serie videorreportajes “De aquí vengo yo”, de El Nuevo Día, para que Puerto Rico y su fanaticada internacional, lo conozca mejor.

El recorrido comenzó en la casa donde hizo su vida, junto a sus padres, Víctor y Jenny, y sus hermanos, Héctor Gustavo y Bárbara. “Esta es mi casa, aquí yo me crie. Estamos en mi pueblo de Isabela, en mi barrio. Mis recuerdos están aquí. De aquí vengo yo”, dijo orgulloso.

Contó el artista que nació en Nueva York, pero se crio en Puerto Rico. “Mi papá se fue a Nueva York a buscar una mejor vida y se llevó a mi mamá. Por allá nací yo. Cuando regresamos a Puerto Rico, llegamos a este barrio, al sector California. Mi abuelita vive allá atrás, en su casa; y le regaló este terreno a mi papá, donde construyó nuestra casa”, afirmó.

“Mi niñez fue lindísima, muy humilde, espectacular”. Cuando era pequeño, su madre era ama de casa, así que el cantante pudo disfrutar de su compañía en todo momento, lo que hizo que su afinidad con ella fuera mayor. “Mami nos consentía, pero era quien tomaba las decisiones fuertes”, precisó el salsero.

Más adelante, su madre trabajó en una fábrica de zapatos. “Y mi abuelita nos velaba y nos traía comida hasta que mami llegaba del trabajo”, sostuvo.

Aseguró el artista que en su adolescencia, era muy tímido y donde único se atrevía a cantar, era en su casa. “El cantante verdadero de la familia, que impresionaba a todos, era mi hermano Gustavo. Él tiene una voz espectacular, pero a mí fue el que la vida me dio la oportunidad”, reconoció.

En su casa conocimos un lugar especial, el museo de su mamá. “Este espacio era el patio donde jugábamos. Cuando empecé en la música, mandé a construirles este salón que mi madre usa de museo. Aquí ella tiene todas mis cosas, todos mis trofeos, mis discos, reportajes”, explicó.

Su barrio, su gente

Desde su casa salimos a pie, a conocer un poco su barrio, su gente. “Este es mi barrio, el sector California. No es una urbanización. Aquí todo el mundo se conoce y es muy apegado. En la otra calle está la tiendita donde fue mi primer trabajo”, indicó.

La tienda de Tato ya no está operando, aun así, llegamos hasta el lugar y abrieron el local para ver el interior dentro. Toda la gente que pasaba, se paraba a saludar con un abrazo a Binky, que es como conocen todos en el barrio al artista. “Aquí Víctor Manuel era mi papá, a mí me conocen como Binky”, recalcó.

Para Víctor Manuelle su barrio es lo más importante. De hecho, la dedicatoria del primer cedé de su discografía, va dirigida a su papá, a su pueblo de Isabela y su barrio, el sector California. “Aquí está la gente que me vio crecer, desde chamaco. Aquí está la esencia de lo que soy yo. Aquí aprendí la malicia, la calle, todo eso lo aprendí aquí”, subrayó.

Sus años escolares

De su barrio, nos fuimos en carro a conocer la cancha donde jugaba baloncesto, en el sector Florida. Desde allí nos contó de los amigos y nos habló de sus escuelas.

A la escuela íbamos a pie, era la José Julián Acosta, que ya no existe. Era una escuela pequeñita de seis salones, de primero hasta sexto grado. Desde mi primer grado hasta sexto, tomé clase con las mismas maestras: Miss Orama, Miss Laguer y Miss Quintero. Estudiábamos los del sector California, La Florida y La Cuesta”, recordó.

De esa escuela pasó a la intermedia, a la escuela vieja, pero muy pronto se mudaron a una nueva, la Escuela Irma Deliz de Muñoz. “Mr. Rabasa era mi maestro de música. Ahí fue que empecé a tener aptitudes musicales. Cogía clases de banda y comencé a tocar trompeta. Me gustaba tanto que, hasta pensé que iba a ser trompetista. Luego me fui a la superior y tomaba las clases de música en la intermedia”, apuntó.

Recuerdos de su padre

“Mi papá trabajó en la panadería La Nueva Florida, por más 30 años y pescaba en la noches. Así se ganaba la vida y así nos mantuvo. Todo el mundo lo conocía”, manifestó el sonero.

El papá, quien falleció en enero pasado a causa del Alzheimer, tenía su cuartito de pescador y su yola en la villa pesquera. “Los pescadores de allí me conocen como el hijo de Víctor. La villa pesquera es un espacio bien especial para mí, es parte de los recuerdos que tengo de la vida de mi papá”, argumentó.

Según Víctor Manuelle, su padre siempre quiso que alguno de sus hijos se interesara en la pesca, pero eso no sucedió.

“Yo fui el único que una vez fui a pescar en su yola, pero me tuvieron que sacar, pues me mareé. No aguanté el empuje. Papi se burló de mí. En aquella época no le decían ‘bullying’, pero él lo hizo. Me decía: ‘¡mira tan guapo que tú te haces y te vomitaste encima!’ Ese es el único recuerdo que tengo de la pesca. Y sí, me gusta el pescado, pero que otro lo saque. A mí, que me lo den frito o en escabeche”, argumentó.

Visita a la Plaza Pública

La última parada fue en la Plaza Pública del pueblo de Isabela. Desde que llegó, la gente se acercaba a Víctor Manuelle a pedirle el autógrafo y a tomarse un “selfie” con él. Así que, entre foto y foto, el artista contó diferentes anécdotas. “La plaza de Isabela tiene un recuerdo muy especial para mí. Ahora está remodelada, pero tenía una concha acústica, donde se hacían todas las actividades”, aseguró.

Detalló Víctor Manuelle que en esa concha acústica fue que se graduó, tocó con la banda escolar, tocó trompeta con las batuteras, con una orquesta de aficionados del pueblo y, luego, cuando empezó a hacer coro como profesional, se presentó con la orquesta de Don Perignon y con la de Domingo Quiñones. “Siempre pienso que el alcalde de Isabela sentía como un compromiso de que, donde yo estuviera tocando, debía de traerme. Yo era el único isabelino en la música”, planteó.

En un descanso, sentado en un banco de la plaza, Víctor Manuel Ruiz Velázquez, su nombre de pila, recordó una anécdota de su niñez. “Mira este chichón que se ve aquí”, dijo señalando uno de sus brazos.

Eso fue en unas fiestas patronales, aquí en la plaza. Yo era un muchachito. Mi mamá vino con mi papá a ver a Danny Rivera y yo de travieso, me trepé a un árbol y me caí. Me rompí el brazo y tuvieron que correr al hospital para enyesarme. Siempre se me quedó ese chichón y cada vez que lo miro, recuerdo la plaza de mi pueblo de Isabela”, puntualizó.

Nos despedimos del artista, quien se iba a quedar el fin de semana en casa de su madre, lo que tiene por costumbre hacer, cada vez que las circunstancias se lo permiten.


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