Wolfgang Schäuble, el ministro inflexible del euro

Es sin duda el ministro más poderoso de Europa y se ha ganado la fama de ser también el más inflexible, pero hay un truco para entrar con buen pie en una conversación con él y ablandarlo un poco: hablarle de música. A menudo acude junto a su mujer a las representaciones de ópera de los teatros de Berlín, tanto la Staatsoper como la Deutsche Oper. Llega en el último momento, cuando se están apagando las luces, y coloca su silla de ruedas en el extremo izquierdo de la séptima u octava fila. Durante las pausas, suele tomar un sekt y charla amigablemente con todo aquel que se le presente. A los españoles nos admira por nuestra gran capacidad de reacción y, como todos los políticos de su generación, siente un gran agradecimiento hacia nuestro país porque fue el primero cuyo gobierno, el de Felipe González, se pronunció públicamente a favor de la reunificación alemana tras la caída del Muro de Berlín. Schäuble es el mediano de tres hermanos y heredó la militancia en la CDU de su padre, que fue diputado regional. Vivió de niño el milagro económico alemán y participa de la mentalidad de trabajo bien hecho y sacrificio de aquellos tiempos. Tras formarse como jurista y ser el segundo de su promoción en los exámenes de abogado del Estado, comenzó a trabajar como auditor, desarrollando desde los años 70 ese afán de fiscalidad por el que después ha sido conocido en la UE. Diputado desde 1972, en 1984 ya era ministro. Paralelamente, fue haciendo carrera en la estructura interna de la CDU y sentando las bases de un sólido liderazgo en el partido, perfilándose incluso como futuro candidato a la Cancillería de Berlín, hasta que el 12 de octubre de 1990, en un acto electoral en Baden-Wurtemberg similar a los que en estos días sigue participando, su destino quedó marcado de forma inesperada. El mitin había tenido lugar en la Selva Negra, en la cervecería Gasthof Brauerei, cerca de su casas y donde Schäbule había hablado ante unas 250 personas, la mayoría muy cercanas al partido y en presencia de buena parte del equipo de Kohl. Hacía solamente seis semanas que había firmado personalmente el contrato de reunificación entre las dos Alemanias, el mismo que se exhibe ahora en la entrada del Ministerio de Interior de Berlín y que supuso su entrada en la historia. Las elecciones estaban ganadas para la CDU y el ambiente era relajado, así que se quedaron después un rato en el local. Aproximadamente a las diez de la noche, Schäbule se dispuso a abandonar la sala cuando un hombre de 37 años, que había estado entre el público, se acercó a él, sacó una pistola y abrió fuego a medio metro de distancia. Dos de los tiros alcanzaron al ministro en la espalda y en el cuello. La tercera bala acabó en el abdomen de su guardaespaldas, de 28 años, que se interpuso entre el agresor y él para protegerlo. Las primeras palabras que le dijo a su hija, que trataba de reanimarle, fueron: «no siento las piernas». «Aceptó muy rápido la nueva realidad», explica siempre su mujer, Ingeborg, «fue extraordinario ver cómo luchó por recuperar su vida». Con una disciplina de hierro en la rehabilitación y a pesar de la parálisis que no le permitiría volver a caminar, volvió a su puesto sólo unos meses después del atentado, donde fue recibido como un héroe. El autor de los disparos fue detenido y recluido en un centro psiquiátrico. El arma y las balas las había tomado del armario de su padre, un alcalde de la zona. Otro momento crítico fue el escándalo de financiación ilegal de la CDU, los maletines con millones de marcos que Helmut Kohl recibió, no para su bolsillo, sino para engrasar la reunificación alemana, y el nombre de cuyos donantes se llevó a la tumba. Schäuble llegó a estar en el banquillo, pero Kohl fue quien cargó con toda la responsabilidad y él logró salir ileso, subiéndose al carro de Angela Merkel, que por entonces pasaba de ser la «chica del Este» a manejar los hilos de la CDU. Buena parte de la dilatada carrera y experiencia de gobierno de Schäuble ha tenido lugar ligada a la cartera de Interior. Por eso no ha de extrañar que, cuando Merkel lo colocó al frente de Finanzas, desarrollase en la Hacienda alemana y europea una estrategia más propia de un sistema de seguridad y defensa que cualquier otro más creativo y favorecedor del maquillaje y el crecimiento, que habría ideado alguien familiarizado con los mercados financieros. El manejo de la crisis griega terminó de definir su perfil y sus encuentros con Yanis Varoufakis constituyeron el choque de placas tectónicas europeas, generando grietas que amenazaron con separar el continente en dos pedazos. Pero eso no quiere decir en absoluto que Schäuble no sea un convencido europeísta. En la fiesta de cumpleaños en la que esta semana Merkel se encargó del discurso, Merkel recordaba cómo en una ocasión le preguntó por su opinión sobre el nuevo ministro de Finanzas francés y el respondió: «querida Ángela, el ministro de Finanzas de Francia será siempre un buen amigo mío, sea quien sea». Salvada la crisis del euro según las disposiciones de Schäuble, aunque con la inestimable ayuda de la máquina de hacer billetes del BCE, son muchos los que se preguntan si estará dispuesto a seguir otra legislatura más, Pero él no suelta prenda. En la CDU ha acumulado un prestigio y un poder mayores incluso que los de Merkel, de forma que su marcha dejaría un vacío y daría lugar a cierto desgobierno. En Bruselas, por muy estricto que quisiera ser su sucesor en el cargo, dejaría también espacio a las nuevas políticas con las que Francia desea refundar Europa y para el «Merkron», ese concepto con el que se espera que el nuevo eje franco-alemán emprenda políticas de crecimiento e integración de gobierno económico. Pero todo dependerá de su decisión porque tanto Merkel como el partido respetarán escrupulosamente su criterio. Schäube ha cerrado la última legislatura con el Estado alemán nadando en dinero y un superávit que incluso ha despertado las críticas del FMI y de Donald Trump, pero que para los alemanes constituye un gran éxito. Y los presupuestos sin nuevo endeudamiento e ingresando más de lo que se gasta están asegurados hasta finales de 2018. Con 75 años cumplidos, sería un buen momento para retirarse y dedicar más tiempo a su otra afición, el fútbol. Aunque oficialmente se seguidor del equipo de su ciudad natal, Friburgo, no es ningún secreto que se lleva un buen disgusto cuando el Bayern Munich pierde un partido.
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